martes, 11 de julio de 2017

Demian de Hermann Hesse (descarga gratuita)



«Demian»

Siendo «alemán», no es provinciano. Inolvidable el efecto electrizante que tuvo inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial el «Demian» de aquel misterioso Sinclair, una obra que con impresionante precisión dio en el nervio de la época y arrastró a un entusiasmo agradecido a toda una juventud, que creía que de sus filas había surgido un portavoz de su sentir más profundo (y era un hombre de ya 42 años el que le daba lo que necesitaba).  Thomas Mann





Apuntes de Hermann Hesse sobre la obra


«Demian»
(1919)

 De todas partes me piden que explique por qué no publiqué el «Demian» con mi propio nombre, y por qué elegí precisamente el seudónimo Sinclair.
 Como algunos periodistas han averiguado mi paternidad literaria y han destruido mi pequeño secreto, confieso ser el autor de la obra. Pero no puedo ni satisfacer ni aceptar los deseos de revelación y explicación sicológica sobre el origen del «Demian» y las razones de su seudonimidad. La crítica tiene el derecho de analizar al escritor hasta donde pueda, también tiene el derecho de tildar de tontería y llevar a la luz de la discusión pública lo que para el escritor es importante y sagrado. Pero ahí se agotan sus derechos. Sobre los secretos, hasta los que no llega la crítica, el poeta sigue teniendo su propio derecho, que sólo él conoce, su pequeño y bien guardado secreto.

 Como desgraciadamente se ha roto el velo, he devuelto el premio Fontane, que fue concedido al «Derritan» y he pedido a mi editor que ponga mi nombre de autor en las futuras ediciones del libro. Considero satisfechas así mis obligaciones. Y para la próxima vez, ya sé, después de esta experiencia, un buen camino, completamente seguro, para quedar en la sombra, si volviese a tener en la vida un secreto sagrado. Pero no se lo revelaré a nadie.

Prólogo a «Sinclairs Notizbuch»
(Libro de notas de Sinclair)
(Nueva edición 1962)

 Sinclair fue el seudónimo que elegí, en la época de prueba más amarga de mi vida, para algunos de mis ensayos escritos durante la guerra de 1914 y luego para el «Demian», pensando en el amigo y benefactor de Hölderlin en Homburg, cuyo nombre me era querido desde joven, y que poseía para mí una magia secreta. Bajo el signo de «Sinclair» se halla para mí, aún hoy, aquella época candente, la agonía de un mundo hermoso e irrecuperable, el despertar, en un principio doloroso, después aceptado plenamente, a una nueva comprensión del mundo y de la realidad, el descubrimiento súbito de la unidad bajo el signo de la polaridad, de la coincidencia de los antagonismos, tal como los maestros del ZEN la trataron de traducir a fórmulas mágicas hace miles de años en China.

Pasajes del «Demian» de «Sinclairs Notizbuch»
(1923)

 Si no fuésemos algo más que seres únicos, sería fácil hacernos desaparecer del mundo con una bala de escopeta y no tendría ya sentido contar historias. Pero cada hombre no es solamente él; también es el punto único y especial, en cualquier caso importante y curioso, donde, una vez y nunca más, se cruzan los fenómenos del mundo de una manera singular. Por eso la historia de cada hombre es importante, eterna, divina, por eso cada persona, mientras vive y cumple la voluntad de la naturaleza, es maravillosa y digna de toda atención. En cada uno se ha encarnado el espíritu, en cada uno sufre la criatura, en cada uno es crucificado un salvador.
 Pocos saben hoy qué es el hombre. Muchos lo intuyen y por eso mueren más tranquilos, como yo moriré cuando haya terminado de escribir esta historia.
 Mi historia no es agradable, no es dulce y armoniosa como las historias inventadas, sabe a disparate y confusión, a locura y sueño, como la vida de todos los hombres que ya no quieren seguir engañándose a sí mismos.
La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero. —Podemos entendernos los unos a los otros; pero sólo nosotros nos podemos interpretar.

De la infancia:

 A veces sabía que mi meta en la vida era ser como mis padres, tan claro y puro, tan superior y ordenado; pero el camino era largo, y para llegar a la meta había que pasar por el colegio y estudiar, sufrir pruebas y exámenes; y el camino iba siempre bordeando el otro mundo más oscuro, a veces lo atravesaba y no era del todo imposible quedarse y hundirse en él. Había historias de hijos perdidos a los que había sucedido eso, y yo las leía con verdadera pasión. El retorno al hogar paterno y al bien era siempre liberador y grandioso, y yo sentía que aquello era lo único bueno y deseable; pero la parte de la historia que se desarrollaba entre los malos y perdidos siempre resultaba más atractiva y, si se hubiera podido decir o confesar, daba casi pena que el hijo pródigo se arrepintiese y volviera. Pero aquello no se decía, ni se pensaba; existía de alguna manera como presentimiento y posibilidad en el fondo del corazón.
 La historia del estigma de Caín: el estigma fue lo que existió en un principio, y en él se basó la historia. Hubo un hombre con algo en el rostro que daba miedo a los demás. Nadie se atrevía a tocarle; él y sus hijos impresionaban. Quizás no se trataba de una auténtica señal sobre la frente, de algo como un matasellos de correos, las cosas no suelen ser tan burdas en la vida. Probablemente fuera algo apenas perceptible, inquietante: un poco más de inteligencia y audacia en la mirada, a las que la gente no estaba acostumbrada. Aquel hombre tenía poder, aquel hombre inspiraba temor. Llevaba una «señal». Esta no se explicaba como lo que era, es decir como una distinción, sino como todo lo contrario. La gente dijo que aquellos tipos con la «señal» eran siniestros; y la verdad, lo eran. Los hombres con valor y carácter siempre resultan siniestros a los demás.
 Cuando los trabajadores asesinan a los fabricantes o los rusos y los alemanes disparan los unos contra los otros, sólo se intercambian los años. Pero no será en vano. Pondrá de manifiesto la futilidad de los ideales actuales, provocará una liquidación de dioses arcaicos. Este mundo, así como es ahora, quiere morir, quiere perecer, y perecerá.
 Lo que vendrá después es inimaginable. El alma de Europa es un animal que ha estado muchísimo tiempo encadenado. Cuando esté libre, sus primeros impulsos no serán muy agradables. Pero los caminos y rodeos carecen de importancia, si a cambio sale a la luz la verdadera miseria del alma, que desde hace tanto tiempo es ocultada y aturdida una y otra vez con mentiras. Entonces será nuestro día, nos necesitarán no como jefes, sino como voluntarios, como seres que están dispuestos a estar donde les llama el destino. Mira, todas las personas están dispuestas a realizar lo increíble cuando sus ideales están amenazados. Pero ninguno está dispuesto cuando llama un nuevo ideal, un nuevo impulso de crecimiento, quizás peligroso e inquietante.
 En la profundidad estaba gestándose algo. Algo así como una nueva humanidad. Yo vi a muchos, y alguno murió en el frente a mi lado —que de manera intuitiva descubrieron que el odio y la ira, el asesinato y la destrucción, no estaban ligados a las cosas. No, las cosas y las metas eran completamente casuales. Los sentimientos primarios, también los más salvajes, no estaban dirigidos contra el enemigo, su obra sangrienta era solamente un reflejo del interior, del alma dividida, que quería desatarse y matar y morir para volver a nacer.
 Lo que en algunas ocasiones he dicho sobre el cristianismo, no aspira a la exactitud objetiva absoluta; ésta sólo existe dentro de la ortodoxia y en ella no he estado nunca. No recuerdo exactamente lo que dije sobre este tema en el «Demian», hace más de 35 años que lo escribí. Respeto todas las religiones, pero no la pretensión de validez única de los ortodoxos.
 El nombre «Demian» no fue inventado ni elegido (por mí, lo conocí en un sueño y me gustó tanto que lo puse como título de mi libro. Más tarde cuando éste ya había sido publicado, me enteré de que existe también como apellido, también en la forma italiana Demiani.
 Aún otra cosa: claro que el muchacho Kromer vive también lo que pugna por salir de él. Lo hace a un nivel inferior y si no consigue elevarse, terminará como director de banco o presidiario. Al menos sus humillaciones y sus infamias dan ocasión al atormentado Sinclair para evoluciones valiosas.
 Su última pregunta la considero fútil. Se puede preguntar por todo lo que figura en un libro y que a uno le parece importante, pero no por lo que no está escrito en él. Sino no se acabaría nunca. A mí me pareció muy importante lo que sucedía entre Demian y Sinclair. No veo lo que podría haber sucedido de provechoso entre Demian y Kromer.



Hermann Hesse (1877-1962), novelista y poeta alemán, nacionalizado suizo, que por sus ideas irracionalistas y místicas anticipó en muchos aspectos las vanguardias europeas. A su muerte, se convirtió en una figura de culto en el mundo occidental.
Hesse nació el 2 de julio de 1877 en Calw, Alemania. Como su padre había sido misionero, ingresó en un seminario, pero abandonó los estudios teológicos y empezó a trabajar primero como mecánico y luego como librero, por lo que puede decirse que fue un autodidacta. Esta etapa de rebeldía contra la educación formal la expresó en la novela Bajo las ruedas (1906). A partir de su trabajo en la librería, se dedicó al periodismo por libre, lo que le inspiró su primera novela, Peter Camenzind (1904), la historia de un escritor bohemio que rechaza la sociedad y acaba llevando una existencia de vagabundo.
Durante la I Guerra Mundial, Hesse, que era pacifista, se trasladó a Montagnola, Suiza; se hizo ciudadano suizo en 1923. La desesperanza y la desilusión que le produjeron la guerra y una serie de desgracias personales, así como su búsqueda de una espiritualidad universal que diera respuestas, para él satisfactorias, de la existencia humana, se convirtieron en el tema principal de su posterior obra novelística. Sus escritos se fueron enfocando hacia nuevos objetivos espirituales y valores que sustituyeran a los tradicionales, que ya no le eran válidos. En la novela Demian (1919), se percibe la clara influencia de la obra del psiquiatra suizo Carl Jung, al que Hesse descubrió en el curso de su propio, aunque breve, psicoanálisis. El tratamiento que el libro da a la dualidad simbólica entre Demian, el personaje soñado, y su homólogo en la vida real, Sinclair, despertó un enorme interés entre los intelectuales europeos coetáneos (fue el primer libro de Hesse traducido al español, y lo hizo Luis López Ballesteros en 1930). Las novelas de Hesse desde entonces se fueron haciendo cada vez más simbólicas y acercándose más al psicoanálisis. Por ejemplo, Viaje al Este (1932) examina en términos junguianos las cualidades místicas de la experiencia humana. Siddhartha (1922) refleja su interés por el misticismo oriental, fruto de un viaje a la India. Esta novela corta, que evoca de forma lírica la relación entre un padre y un hijo, está basada en la vida del joven Buda.
El lobo estepario (1927) es quizás la novela más innovadora de Hesse. La doble naturaleza del artista-héroe —humana y licantrópica (véase Hombre lobo) — le lleva a un laberinto de experiencias llenas de pesadillas; así, la obra simboliza la escisión entre la individualidad rebelde y las convenciones burguesas, al igual que su obra posterior, Narciso y Goldmundo (1930). La última novela de Hesse, El juego de abalorios (1943), situada en un futuro utópico, es de hecho una resolución de las inquietudes del autor. También en 1952 se han publicado varios volúmenes de su poesía nostálgica y lúgubre.
Hesse, que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1946, murió el 9 de agosto de 1962 en Suiza.