jueves, 2 de junio de 2016

Un acercamiento a la vida de Hölderlin, Kleist y Nietzsche…



Por Stefan Zweig.

Yo amo a aquellos que no saben vivir más que para desaparecer, porque ésos son los que pasan al otro lado.

                    NIETZSCHE


Las tres épicas figuras de Hölderlin, Kleist y Nietzsche tienen extrañas afinidades en los destinos de su existen­cia. Los tres, arrancados de su propio ser por una fuerza poderosísima y en cierto modo ultramundana, son arro­jados a un calamitoso torbellino de pasión. Los tres ter­minan prematuramente su vida, con el espíritu destroza­do y un mortal envenenamiento en los sentidos. Los tres terminan en la locura o en el suicidio. Los tres parece que viven bajo el mismo signo del Horóscopo. Los tres pasan por el mundo cual rápido y luminoso meteoro, ajenos a su época, incomprendidos por su generación, para sumergirse después en la misteriosa noche de su misión. Ignoran adónde van; salen del Infinito para hundirse de nuevo en el Infinito y, al pasar, rozan apenas el mundo material. Domina en ellos un poder superior a su propia voluntad, un poder no humano en el que se sienten apri­sionados. Su voluntad no rige (llenos de angustia, lo re­conocen ellos mismos en momentos de clarividencia). Son esclavos. Son posesos (en todo el sentido de la pala­bra) del poder del demonio.
Demonio, demoníaco. Estas palabras han sufrido ya tantas interpretaciones desde su primitivo sentido misti­correligioso en la antigüedad, que se hace necesario re­vestirlas de una interpretación personal. Llamaré demo­níaca a esa inquietud innata, y esencial a todo hombre, que lo separa de sí mismo y lo arrastra hacia lo infinito, hacía lo elemental. Es como sí la Naturaleza hubiese de­jado una pequeña porción de aquel caos primitivo den­tro de cada alma y esa parte quisiera apasionadamente volver al elemento de donde salió: a lo ultra humano, a lo abstracto. El demonio es, en nosotros, ese fermento atormentador y convulso que empuja al ser, por lo de­más tranquilo, hacia todo lo peligroso, hacia el exceso, al éxtasis, a la renunciación y hasta a la anulación de sí mismo. En la mayoría de las personas, en el hombre me­dio, esa magnífica y peligrosa levadura del alma es pron­to absorbida y agotada; sólo en momentos aislados, en la crisis de la pubertad o en aquellos minutos en que por amor o simple instinto genésico ese cosmos interior en­tra en ebullición, sólo entonces domina hasta en las exis­tencias burguesas más triviales y, sobre el alma, reina ese poder misterioso que sale del cuerpo, esa fuerza gravitante y fatal. Por lo demás, el hombre comedido anula esa presión extraña, la sabe cloroformizar por medio del orden, porque el burgués es enemigo mortal del desor­den dondequiera que lo encuentre: en sí mismo o en la sociedad.
Pero en todo hombre superior, y más especial­mente si es de espíritu creador, se encuentra una inquie­tud que le hace marchar siempre hacia adelante, des­contento de su trabajo. Esta inquietud mora en todo «corazón elevado que se atormenta» (Dostoievski); es como un espíritu inquieto que se extiende sobre el pro­pio ser como un anhelo hacia el Cosmos. Todo cuanto nos eleva por encima de nosotros mismos, de nuestros intereses personales y nos lleva, llenos de inquietud, ha­cia interrogaciones peligrosas, lo hemos de agradecer a esa porción demoníaca que todos llevamos dentro. Pero ese demonio interior que nos eleva es una fuerza amiga en tanto que logramos dominarlo; su peligro empieza cuando la tensión que desarrolla se convierte en una hi­pertensión, en una exaltación; es decir, cuando el alma se precipita dentro del torbellino volcánico del demo­nio, porque ese demonio no puede alcanzar su propio elemento, que es la inmensidad, sino destruyendo todo lo finito, todo lo terrenal, y así el cuerpo que lo encierra se dilata primero, pero acaba por estallar por la presión interior. Por eso se apodera de los hombres que no saben domarlo a tiempo y llena primero las naturalezas demo­níacas de terrible inquietud; después, con sus manos po­derosísimas, les arranca la voluntad, y así ellos, arrastra­dos como un buque sin timón, se precipitan contra los arrecifes de la fatalidad. Siempre es la inquietud el pri­mer síntoma de ese poder del demonio; inquietud en la sangre, inquietud en los nervios, inquietud en el espíritu. Alrededor del poseso sopla siempre un viento peligroso de tormen­ta, y por encima de él se cierne un siniestro cielo, tem­pestuoso, trágico, fatal.
Todo espíritu creador cae infaliblemente en lucha con su demonio, y esa lucha es siempre épica, ardorosa y magnífica. Muchos son los que sucumben a esos abrazos ardientes ‑como la mujer al hombre‑; se entregan a esa fuerza poderosa, se sienten penetrar, llenos de felicidad, para ser inundados del licor fecundante. Otros lo domi­nan con su voluntad de hombre, y a veces ese abrazo de amorosa lucha se prolonga durante toda la vida.
Ahora bien, en el artista, esa lucha heroica y grandiosa se hace visible, por decirlo así, en él y en su obra; y, en lo que crea, está viva y palpitante, llena de cálido aliento, la sen­sual vibración de esa noche de bodas de su alma con el eterno seductor. Sólo al que crea algo le es dado trasla­dar esa lucha demoníaca desde los oscuros repliegues de su sentimiento a la luz del día, al idioma. Pero es en los que sucumben en esa lucha en quienes podemos ver más claramente los rasgos pasionales de la misma, y princi­palmente en el tipo del poeta que es arrebatado por el demonio; por eso he escogido aquí las tres figuras de Hölderlin, Kleist y Nietzsche como las más significativas para los alemanes, pues cuando el demonio reina como amo y señor en el alma de un poeta, surge, cual una lla­marada, un arte característico: arte de embriaguez, de exaltación, de creación febril, un arte espasmódico que arrolla al espíritu, un arte explosivo, convulso, de orgía y de borrachera, el frenesí sagrado que los griegos llama­ron pavta y que se da sólo en lo profético o en lo pítico.
El primer signo distintivo de ese arte es lo ilimitado, lo superlativo del mismo; un deseo de superación y un im­pulso hacia la inmensidad, que es adonde quiere llegar el demonio, porque allí está su elemento, el mundo de don­de salió. Hólderlin, Kleist y Nietzsche son como Prome­teos que se precipitan llenos de ardor contra las fronteras de la vida, de una vida que, rebelde, rompe los moldes y en el colmo del éxtasis acaba por destruirse a sí misma. En sus ojos brilló la mirada del demonio, y éste habló por sus labios. Sí, él habla por sus labios dentro de su cuerpo destruido y su espíritu apagado. Nunca se ve más claramente al demonio que albergaba en su ser que cuando puede ser atisbado a través de su alma destroza­da por el tormento, rota en terrible crispación, y es a tra­vés de sus desgarraduras como se ven las oscuras sinuo­sidades donde se esconde el terrible huésped. En esos tres personajes se hace visible, de pronto, el terrible po­der del demonio, que antes estuvo en cierto modo ocul­to, y ello sucede precisamente cuando su espíritu su­cumbe.
Pero lo opuesto al alado poeta demoníaco no es en modo alguno el no demoníaco; no, no hay verdadero arte que no sea demoníaco y que no proceda, como un susurro, de lo ultra terrenal. «Todo lo creado por el arte más elevado, no procede del poder humano; está por encima de lo terrenal.» Y así es: no hay arte grande sin inspiración, y la inspiración llega inconscien­temente del misterioso más allá y está por encima de nuestra ciencia. Yo veo, pues, en contraposición al espí­ritu exaltado, arrastrado fuera de sí mismo por su propia exuberancia, frente al espíritu que no conoce límites, veo, digo, al poeta que es amo de sí mismo y que, con su voluntad humana, sabe domar al demonio interior y lo convierte en una fuerza práctica, eficaz. Pues el poder del demonio ‑magnífica fuerza creadora‑ no conoce una dirección determinada, apunta sólo al infinito o al caos de donde procede. Por tanto, es arte grande y ele­vado, y no inferior en modo alguno al que procede del demonio, aquel otro que crea un artista que domina por su voluntad ese misterioso poder, que le da una direc­ción fija, que lo sujeta a una medida, que «gobierna» en la poesía, y que sabe convertir lo inconmensurable en forma definitiva. Es de­cir, el poeta que es amo del demonio y no su siervo.
Lo primero que salta a la vista en Hölderlin, Kleist y Nietzsche es su alejamiento de las cosas del mundo; y es que aquel a quien el demonio estrecha en su puño, se ve arrancado de la realidad. Ninguno de los tres tiene mu­jer ni hijos (como tampoco Beethoven ni Miguel Ángel), ninguno de los tres tiene hogar ni propiedades, ninguno tiene una profesión fija o un empleo duradero. Son nó­madas por naturaleza, eternos vagabundos, externos a todo, extraños, menospreciados, y su existencia es com­pletamente anónima. No poseen nada en el mundo: ni Kleist ni Hölderlín ni Nietzsche han tenido jamás una cama que les fuera propia; nada es suyo; alquilada es la silla en que se sientan, alquilada es la mesa en que escri­ben y alquiladas son las habitaciones en que van paran­do. No echan raíces en ninguna parte, ni aun el amor logra atarlos de modo duradero, pues así sucede con aquellos que han encontrado al demonio como compa­ñero de vida. Sus amistades son frágiles; sus posiciones poco fijas; su trabajo no es remunerador; están como en el vacío, y el vacío los rodea por todas partes. Su vida tie­ne algo de meteoro, de estrella errante en eterna caída.
Los otros no encuentran que la vida enseñe nada ni la creen, por lo demás, digna de ser aprendida; tienen sólo el presentimiento de una existencia más alta y por enci­ma de toda percepción o experiencia. Nada les es dado sino lo que da el genio. Sólo de la plenitud interior que los llena de destellos saben tomar su parte y se dejan ele­var, convulsivos, por su sentimiento ardiente; y el fuego es su propio elemento, la acción es llamarada, y eso mis­mo que fogosamente los levanta es lo que abrasa su pro­pia vida. Kleist, Hölderlin y Nietzsche se encuentran al final de su existencia más abandonados que nunca, más extraños a la Tierra, más solitarios que en sus comienzos.
Los tres, Hölderlin, Kleist y Nietzsche, son eternos rebeldes, sublevados, amotinados contra el orden de las cosas. Prefieren romperse antes que ceder al orden estableci­do, y su intransigencia es llevada, sin titubeos, hasta su propio aniquilamiento.


Sobre el autor: Stefan Zweig (1881-1942) fue un escritor y pacifista austriaco, famoso sobre todo por sus biografías. Nació en Viena, en cuya Universidad estudió. A raíz del estallido de la I Guerra Mundial, Zweig se convirtió en un ardiente pacifista y se trasladó a Zurich, donde podía expresar sus opiniones.
Como escritor, Zweig se distinguió por su introspección psicológica. Omitiendo detalles no esenciales, fue capaz de hacer sus biografías tan entretenidas como una novela. Los últimos escritos importantes de Zweig incluyen las biografías Erasmus de Rotterdam (1934) y María Estuardo (1935), la novela El juego real (publicada póstumamente en 1944), y su autobiografía El mundo de ayer (1941).