domingo, 17 de mayo de 2020

Siloé...

Fragmento de mi novela en proceso de escritura: “El Kébir”


Pucallpa observó cómo el peón de Uquita se alejaba y, entre las sombras, se deshacía de sus pantalones. En ropa interior el nativo se acomodó en la hamaca que compartía con su mujer, una india veinte años más joven que él. Pucallpa sintió todo el vigor de su sangre despertando su miembro adormecido, y una leve erección le provocó ardores que creía perdidos desde hacía mucho tiempo. Trató de centrarse en el objetivo por el que había viajado tantos kilómetros, pero un deseo tenaz comenzó a atormentarlo. A su lado, escuchaba las respiraciones acompasadas de los otros nativos sumidos en un profundo sueño. Iba a aliviar su hombría, con sus rudimentarios y ancestrales métodos, en el mismo instante que una mano suave y tibia, venciendo la barrera del mosquitero, comenzó a desabrocharle la portañuela.

Dejó de respirar. Un aroma exótico, como de tormento de río, embotó todos sus sentidos. Sintió encima de él un cuerpo caliente de carnes duras y prietas, tal vez más negras producto de las sombras de la noche, que lo aplastaba contra la lona fría. Una cabellera larga y lacia, con olor a corteza de árbol, se deslizó por su rostro mientras unos labios sedientos de locura lo besaban con urgencia. Primero, con algunos gestos indecisos fue correspondiendo a la entrega de la desconocida. Luego, con toda la pasión contenida tras largos años de viudez, fue devolviendo con certeras caricias el repentino asalto de amor al que había sido sometido. En el momento del éxtasis la nativa bebió su semen con fruición a la vez que le ensalivaba el miembro que continuaba en posición de lucha. Una y otra vez Pucallpa sintió estallar su cuerpo de un doloroso placer. Luego, la mujer se escurrió como una sombra, tal y como había aparecido, dejándole sólo el recuerdo de su nombre: Siloé.


Completamente repuesto y con un nuevo vigor, Pucallpa, sin poder conciliar el sueño, se sentó en el taburete que estaba recostado a una de las columnas agrietadas del portal. Pensó en lo que acababa de vivir, pero entonces el pasado inevitablemente vino a su recuerdo, y con ello la evocación de la Trinitaria. Al mediodía había estado a punto de confesarle a Santa que él era su padre, pero le había faltado el valor una vez más. Su mujer se había vuelto loca, el parto se le había subido para la cabeza. Todo por su culpa. ¿Cómo decirle a su hija que él era el causante de la desgracia de su madre? ¿Cómo decirle que la enfermedad de su niña había sido originada por su mala sangre?

Unos pasos arrastrados lo sacaron de sus cavilaciones. Miró hacia atrás y vio al peón de Uquita que se acercaba envuelto en una manta.

―Por lo que veo no puede dormir, don Pucallpa. Tome, un trago de aguardiente para que entre en calor.
―Gracias Mateo, las preocupaciones no son un buen colchón. Ya que estás aquí, quería preguntarte algo.
―Dígame, don. Soy todo oído.
―¿Conoces alguna nativa llamada Siloé?
―Pues claro… ¡quién no la conoce!
―¿Sabes dónde puedo encontrarla?
―Lo siento don Pucallpa. Eso no será posible.
―¿Por qué?
―Porque está muerta.
―¿Muerta? ―preguntó Pucallpa sin comprender.
―Dicen los más viejos que su espíritu aparece siempre en noches como la de hoy, de luna llena.
―¿Y cómo murió? ¿Cómo era?
―Era una india bellísima. Sabe usted, de piel oscura como el ébano. Murió confundiendo las puertas de las realidades sagradas. Masticó las hojas de una planta alucinógena y tóxica: la quikilla. Las confundió con el kaspe, un vegetal con el que los nativos icaran a los guerreros para hacerlos invisibles. Se quedó mirando una realidad alternativa que contenía llaves múltiples. Donde había un barranco ella, al parecer, vio un puente. Tenía sólo dieciocho años cuando se despeñó. Nunca se pudo recuperar su cuerpo. Fue tragado por las aguas del Wayranga.

Pucallpa se quedó pensativo sintiendo gratitud hacia su condición terrestre. Para un nagual como él, convocante de espíritus, no era una realidad extraña lo que acababa de saber.

―Gracias Mateo, es una historia triste. Vayamos a dormir. Una vez más confirmo que hay muchos existires dentro de la existencia del mundo.
―Sea, pues…

Martha Jacqueline Iglesias Herrera
Fragmento ilustrado con la obra de la pintora holandesa Escha Van Den Bogerd

No hay comentarios: