viernes, 8 de febrero de 2019

Fragmento de mi novela Hondulú (El Viaje Chamánico) ...


La llamada sin voz

Entramos a la cabaña que permanecía sumida, a pesar de las ventanas entreabiertas, en una persistente penumbra. El interior era acogedor, pero había algo en él de fantasmal, de ambiente ataviado con la pátina del tiempo. Todo lucía como salido de otra época. Los cojines del sofá ostentaban unas flores tiesas, tal vez almidonadas por la vejez, con un color indefinido producto del polvo y la humedad. La madera de los muebles, en cambio, estaba lustrada no por lo que parecía el desempeño metódico de la mano del hombre, sino por el cuidado que un barniz de siglos parecía haberle otorgado.
En vano aguardé que Calumet volviera con el té. Al cabo de unos minutos de impaciente espera, lo llamé, pero todo permanecía en silencio. Fui a la cocina, donde lo había visto entrar, y no había nadie.
―Temí que te hubieras ido ―dijo el Soldado apareciendo como un espectro detrás de mí.
―Había un señor, ha desaparecido ―dije señalando a mi alrededor.
―Era un Cruzador, Francesca, has tenido suerte de que no te haya lastimado ―comentó observándome detenidamente para confirmar que me encontraba en perfecto estado.
― ¿Y qué es un Cruzador?
―Los Cruzadores son habitantes de otro nivel dimensional. Son similares a los Seres Vaporosos y los Exploradores Energéticos… se nutren de tus emanaciones áuricas, pues tienden un canal que es similar a tu cuerpo emocional en cuanto a vibración y por él drenan toda tu energía hasta debilitarte por completo. Huyó porque debe haberme visto venir.
― ¿Y cómo sabía mi nombre? ¿Y el de Narowé?
―Ellos pueden leer tu identidad energética que es donde se recoge la información de todos los sucesos de tu vida, tus conexiones y vínculos con el ambiente objetivo. Lo hacen por medio de los Kendras que no son más que lectores decodificadores de identidad energética ―dijo tomándome por los hombros―. Pudiste morir, debes tener mucho cuidado cuando salgas de los límites del pueblo.

―El Cruzador me habló de la llamada sin voz, ¿sabes qué significa?
―La llamada sin voz es una frecuencia ultrasónica acústica que ellos emiten para enganchar la primera atención de sus víctimas. Debes saber que la primera atención es aquella en la que parecemos que acabamos de despertar de un sueño, en la que no somos conscientes del ambiente que nos rodea, pues aún no lo hemos asimilado con nuestros sentidos, sino con la programación ancestral que nos ha sido impuesta en siglos de adaptación y acondicionamiento. Ya, cuando percibimos valiéndonos de la segunda atención el entorno objetivo, es demasiado tarde, pues nuestra primera atención ya ha quedado enganchada al Kendra ―dijo e hizo una larga pausa―. Estamos rodeados de depredadores energéticos, debes cuidar que tus fibras luminosas no queden unidas al primero que aparezca. Recuerda que la vida es un continuo de energía que va desde el centro de la creación hasta los rincones más apartados de la manifestación.  
― ¿Qué tiene de especial esta cabaña? ¿Por qué la elegiste para encontrarnos? ―pregunté sentándome en el sofá del que emergió una nube de polvo.
―Porque aquí hay un nodo que es un lugar donde se unen las líneas de fuerzas telúricas y cósmicas. Es un sitio de poder ―dijo sentándose a mi lado―. Debí imaginar que sería un espacio ambicionado por los Cruzadores, pero debíamos correr el riesgo, aquí nosotros también somos más fuertes.  

Nos quedamos un rato en silencio.

―Echo de menos al Engastador. ¿Crees que haya sobrevivido?
―Si lo hizo… no te preocupes. Aparecerá el día menos pensado.
― ¿Quién te manda a verme cada cierto tiempo, el viento?
―Soy el Ente constructor de la piedra que llevas como amuleto. Siempre que el mismo se active por una variación energética en tus cuerpos: físico, mental o emocional, apareceré, aunque no lo pidas. Soy, además, un Soldado de Anthara, es mi deber protegerte y velar por tu seguridad.
― ¿Podrías hablarme de tu universo extinguido?
―No hay mucho que decir… mi universo está situado a varias líneas temporales y dimensionales de aquí. Está muerto según los criterios de extinción que conoces, pero a su vez permanece en óptimas condiciones de integridad si nos adherimos a la visión del ahora inclusivo que permite establecer tu presente como el futuro de mi mundo. Utilizando un horizonte de eventos podemos cruzar siempre a cualquier lugar, incluso, hacia aquellos que no existen según los patrones de tiempo establecidos en esta realidad.
― ¿Y cómo es la vida allí?
―Es diferente. Allá contamos con un límite de energía crítica que de no ser por las fuentes Zitárycas no nos permitiría cruzar entre universos. Nuestras ciudades quedan en el interior del planeta alumbradas por un suministrador de rayos On. Estos son, como en Villa Niebla, de un matiz verde azulado y son análogos a los rayos solares de este universo. En nuestro mundo, las entradas son a través de túneles centro dimensionales llamados Cuenxos.  
― ¿Cuenxos?
―Pues sí, los Cuenxos tienen una forma similar a un acordeón gigante y presentan unas trayectorias de acoplamiento dependientes de las condiciones iniciales de los objetos que los atraviesan. Parecen un organismo vivo y completamente autónomo, pues suelen cambiar de tamaño según la velocidad, temperatura y masa de todo cuanto los cruza. Por ejemplo, partículas infinitamente pequeñas como las de las proyecciones holoespásticas -llamadas Norcas- los contraen, aumentando significativamente la velocidad de paso a través de sus estructuras.  

Volvimos a permanecer en silencio mirándonos fijamente a los ojos.

―Me ha dado gusto verte ―dije con ganas de abrazarlo.
―A mí también, pero ya debes irte. Una hora en esta cabaña equivalen a varias horas fuera de aquí ―dijo y sonrió con picardía―. No querrás una huella espástica sobre tu cuerpo luego del abrazo que deseas ¿no?
―No me importaría ―murmuré coqueta cuando recordé que él podía tener acceso a mis pensamientos y emociones.

Nos despedimos al tiempo que yo cargaba el canasto de ropa sucia sobre la cabeza. Ya era mediodía cuando llegué al río. Las aguas vocalizaban una fascinante melodía acuática que embelesó todos mis sentidos. Luego de higienizar las prendas con destreza de lavandera, las extendí sobre unas rocas planas cuyas aristas simulaban filo de cuchillo cortante.

Y me dormí sobre la arena húmeda, sosegada por la caricia del viento y con el murmullo, como de nana susurrándome al oído, del Akawa.


Martha Jacqueline Iglesias Herrera
Del libro: Hondulú (El Viaje Chamánico)

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