jueves, 10 de agosto de 2017

Jean Delville: ¿El pintor olvidado? Una mirada desgarradora de los universos ocultos.



Ni las páginas de los muchos libros que se han escrito sobre historia del arte ni el mundo de la crítica parece recordarlo; y, sin embargo, las obras de Jean Delville siguen ahí, como una mirada hiperconcentrada y desgarradora de los universos ocultos, del pasado y del infierno. Con mucho de cristiano trágico enlazado a otro mucho de pagano, y con un delicioso sabor a gnosticismo, sus pinturas parecen deleitarse ante los hechos atroces y simbólicos, como los poemas de Baudelaire, de cuya escuela fue deudor. 


Jean Delville nació en la ciudad belga de Lovaina, trasladándose a Bruselas a los seis años. Ya adulto, vivió principalmente en el suburbio de Bruselas “del Bosque”, pasando también algunos años en París, Roma, Glasgow y Londres.


Desde muy joven su habilidad artística era excepcional.  Se formó académicamente en La Escuela de Bellas Artes de Bruselas en compañía de Eugéne Laermans y de Víctor Horta.
No obstante, en esta época comienza a mostrar una creciente pasión por las denominadas ciencias ocultas… dando un giro sustancial a su temática. 


Un cambio e interés que adquiere solidez cuando se traslada a París, allá por 1889. Influido por el Renacimiento italiano, autores tales como: Rafael, Leonardo o Miguel Ángel, resultaron esenciales en la conformación de su estilo personal.


Expone por primera vez y de manera simultánea a sus estudios a la edad de veinte años.
Además de la pintura, Delville también expresó sus ideas en numerosos textos escritos. Los temas del idealismo, esoterismo, alegorías o la cábala son estandartes y férreas convicciones plasmadas, entre otros, en su libro: “Diálogo entre nosotros. Argumentación cabalística, ocultista, idealista”, de 1895 e inmortalizadas en gran parte de su obra pictórica. 


De esta manera, la extensa relación de ideas ocultistas escritas, es decir: la creencia en la reencarnación, la existencia de un fluido divino en los cuerpos, el éxtasis o la telepatía, están directamente relacionadas con toda su obra y explícitamente manifestadas en dos de sus trabajos más célebres: El ángel del esplendor y Los tesoros de Satán.


El “SAR”, con quien Delville se reunió en París en 1887 o 1888, era un ocultista muy excéntrico. Se presentó como un descendiente de los reyes magos sacerdotales. De hecho, el nombre real fue Joseph Péladan. Llegó a París en 1884 con el objetivo de tomar la ciudad por asalto. Estableció su propia Orden Rosacruz llamada la Orden de la Rosa + Cruz del Templo y el Grial. Sus escritos insinuaban prácticas ocultas, la alquimia, la magia y la iniciación. Péladan fue una gran influencia para Delville.

 Otra clave importante para la comprensión de pinturas y dibujos de Delville es el concepto de la luz astral. Él describió la luz astral como una matriz invisible y universal que envuelve todo en el universo. 

DELVILLE Y LA ESCUELA DE PLATÓN

La Escuela de Platón, es un óleo sobre lienzo espectacular, haciendo 2,60 metros de altura por 6,05 metros de ancho. Esta impactante obra se encuentra en el Museo de Orsay en París.

Se puede observar cómo asocia el artista la figura del filósofo griego con la imagen habitual de Jesucristo, además de ilustrar a la perfección el componente erótico de la filosofía platónica. En su pintura hay un gusto evidente por lo oculto y la Iniciación.


La Escuela de Platón, decoración destinada a la Sorbona que jamás se colocó, es a más de un título, una obra sobrecogedora. Sus dimensiones monumentales, la ambición de su propósito, una interpretación de la filosofía clásica vista por el prisma del ideal simbolista, señalan en seguida la singularidad de la obra. El manifiesto proclama sus referencias, de Rafael a Puvis de Chavannes; pero las embellece de la extraña seducción de una gama cromática obviamente irreal. La ambigüedad que se desprende de este manierismo fin de siglo, nubla a propósito, cualquier frontera entre pureza y sensualidad.


La obra contiene una inagotable presencia de espiritualidad y sensualidad, pues es absolutamente explícita la teatralidad inconfundible de Jesús y los Apóstoles, donde es Platón en el “papel” de Jesús, quien orienta a sus discípulos (los apóstoles). En principio, el cuadro llevaba por título “Platón y sus alumnos” y, es probablemente debido a la desnudez de sus alumnos (Apóstoles) por lo que tuviera que cambiar el título, para enmascarar el paralelismo religioso tan obvio. Como se observa, Platón está vestido y barbudo como Cristo, por otra parte, los personajes dispuestos alrededor, exhiben pureza y a la vez sensualidad, aparentemente andróginos, al detalle se observa el formidable erotismo que proponen sus posturas, miradas, apoyos…