miércoles, 21 de junio de 2017

Cielo de tormenta...(fragmento de la novela: El Kébir)



Bonifacia de Flue miró el cielo a lo lejos. Grandes nubarrones oscurecían el horizonte por el oeste. Sobre la cadena de montañas el primer relámpago anunció el clamor del cielo embravecido. Aún con la visión perdida en un confín del tiempo, palpó el bolsillo de su delantal y sacó un pañuelo de hilo con el que limpió los humores de sus ojos, consecuencia de la avanzada catarata.
— ¡Alexandrino! —gritó recorriendo el patio con la mirada opaca—. ¿Dónde se ha metido usted?
El muchacho, acuclillado y escondido entre las sábanas limpias tendidas a lo largo del cordel, reía por lo bajo viendo el desespero de la anciana mientras lo buscaba. Tenía los ojos llenos, prominentes, que acusaban el brillo propio de las inocentes travesuras que se cometen en los inicios de la pubertad. Sus mandíbulas, fuertes y salientes, le daban un porte digno; presencia que, sin embargo, malograba su pelo enmarañado y rígido. 
— ¡Alexandrino! —gritó otra vez—. ¡Viene lluvia!
Bonifacia de Flue, a pesar de su vejez, tenía el paso rápido y ligero como de gacela perseguida, por eso tropezaba contantemente cada vez que Alexandrino le cambiaba algún traste de lugar. Con los años, había mantenido un orden invariable en sus enseres, lo que le permitía ir y venir con prisas sin gran esfuerzo ocular. Lucía una larga trenza completamente blanca que le alcanzaba el final de la espalda, producto de una promesa hecha en su juventud, y vestía una sencilla blusa de algodón amarilla con holgados pantalones de caqui que eran de su difunto marido. Unas botas de agua que le llegaban hasta media pierna le permitían desenvolverse con soltura entre los cercados de animales domésticos y los sembradíos.
Viendo que el muchacho no aparecía soltó un largo suspiro.
— ¿Dónde se habrá metido? —murmuró cogiendo el latón con el pienso.
Bajó los escalones angostos de la vivienda y se adentró en la huerta. Los tomates estaban a punto de madurar. Con la mano libre les sacudió el polvo de la tierra y los apretó suavemente. Luego siguió su camino avanzando despacio, lucía encorvada y llevaba los labios apretados.
Se detuvo junto al corral. Esparció el pienso al aire con su mano huesuda. Como a la orden de un superior las aves corrieron a su encuentro. Su preferida era “la Pinta”, una gallinita de la raza orpington dorada. Era la que sacrificaría aquella tarde. De un salto, con la agilidad de una adolescente, la cogió por el cuello y se lo retorció. Una vez muerta, emprendió el rumbo de regreso al hogar con el paso cansino. 

— ¡Alexandrino! —volvió a gritar—. ¡Se ha acabado la leña!
El muchacho, cansado ya de jugar a las escondidas, fue hasta el tocón y cortó un poco de leña.
—Aquí tienes Amma —dijo poniéndolas de una en una debajo del caldero—. Hoy cenaremos bien por lo que veo.
— ¿Y quién lo ha invitado a usted? Nada de hacerse la boca agua que este caldo es para el cura —dijo al tiempo que desollaba y desplumaba la gallina.
— ¡Pero Amma! Siempre todo es para el Nacianceno ése —dijo avivando el fuego.
— ¡Cuidadito con esa bocaza! ¿Dónde están sus modales, eh? ¿Acaso doña Ana no le dio educación? Se dice “padre” Nacianceno. Y voy a ver cuándo fue la última vez que fue usted a misa.
—Es que no quiero ponerme el traje de Eumitanio. No me gusta usar ropas de muertos.
— ¿Y desde cuándo se me ha vuelto usted tan melindroso? ¿Sabía que ese fue el traje de nuestro casorio? Costó cinco rochelines —dijo poniendo en el caldero nuez moscada, cuatro adarmes de canela, clavos y jengibre—. ¡Mira que se veía guapo! Así mismo se vería usted si caminara más derecho.
Alexandrino irguió su espalda de forma inconsciente. Era inútil llegar a un entendimiento con Bonifacia cuando se trataba de las pertenencias del marido; y, como si no hubiera oído, suspiró.  
— ¿A qué hora irá a la iglesia? ¿El señorito Theodore no la va a necesitar? —preguntó mientras mordisqueaba una cebolla colorada.
—No. Hoy es mi día libre. En cuanto la sopa esté terminada pienso coger el camino al pueblo. Quiero ver si no me coge la tormenta —dijo troceando la gallina—. Y para que no piense que Bonifacia es dura de bolsillo coja al pollón colorado y lléveselo a su madre para que se lo haga esta noche asado con pimienta.
— ¡Gracias Amma! —dijo el muchacho abrazándola y dándole un beso —. Antes de irme le recogeré las sábanas.
—Un momento, espere ahí —dijo con el cucharón en alto—. ¿Ya hizo sus deberes de hoy?
—Toditos Amma… ya reparé la cerca de los puercos, apuntalé dos matas de plátanos que estaban casi en el suelo por el peso de los racimos, corté la enredadera de cundiamor que estaba trepada por la reja del granero, cambié el forraje húmedo y pinté las rejas oxidadas.
—Bien hecho jovencito —dijo dándole la espalda y echando un poco de sal al caldo —. Ahora puede irse.
Bonifacia lo vio perderse corriendo entre las matas de plátanos.
— ¡Y a ver si no pierde la próxima misa! —le gritó con una sonrisa.


Martha Jacqueline
De la novela en proceso de escritura: "El Kébir"
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