miércoles, 8 de febrero de 2017

La Orden del Porais (Fragmento)

Caliubia
Avenida de Las Misiones

El farol rojo, balanceándose por el viento, colgaba sobre la puerta de entrada. El Salón Bethania, a esas horas de la noche, brillaba en todo su esplendor. Era una Casa de Citas situada en una vieja casona de tres plantas, con enredaderas que trepaban por los postigos pintados de ocre y oro. Un amplio jardín, en forma de terrazas, destacaba en la parte posterior sembrado de vastos rosales, narcisos y árboles en flor. Toda la propiedad estaba limitada por un muro almenado de piedra roja que no permitía ver hacia el interior. El rico aroma de los jazmines y azahares se filtraba a través de las largas cortinas de seda aligeradas sobre las estrechas ventanas. El umbral estaba decorado con colgaduras que ostentaban signos rebuscados; y, ancladas sobre sus pedestales, dos o tres esculturas parecían sobrellevar con cierta dificultad el peso de su brillo luminoso.
Recostada sobre sus almohadones persas, Ekatherina Petrovna, aprendía versos de memoria; al tiempo que una mujer negra frotaba sobre su cuerpo delicado perfume de Arabia. De vez en cuando, Ekatherina interrumpía su labor y se miraba en un espejo de acero pulido admirando su propia belleza, opacada solo por lo marcado de las ojeras y la profunda tristeza de sus ojos. El olor de los inciensos de ámbar y canela flotaba por toda la habitación dejando la estela de un efecto estimulante en el aire. La negra, llamada Dominique, era también una hábil peinadora. Frotaba aceite de sándalo sobre la larga cabellera dorada de su superiora para garantizar de este modo su bienestar y curación.
La pieza era amplia, ventilada, orientada al norte. Sobre la cama había: dos docenas de vestidos, unos cuantos bolsos y varios pares de guantes y sombreros. Una mampara decorada con motivos orientales dividía el espacio en dos secciones bien diferenciadas: una extensa, iluminada, fresca; y otra mínima, sombría y cálida. La más reducida estaba atestada de extravagantes objetos religiosos, tiestos con plantas medicinales, hojas apergaminadas, pociones, cartapacios, polvo de minerales, alas de murciélagos y animales disecados; también había una calavera que tenía dos velas encendidas en las cuencas vacías de los ojos. En este sitio, ante el altar hecho con madera olorosa, Ekatherina se desdoblaba en Siloé, y practicaba sus actos de magia. Allí, a la luz del candil, entre los libros cubiertos de polvo, la inundaba una gran liberación y rendía cuentas de su comercio carnal con los hombres. En este lugar, en secreto, invocaba al Señor de la Noche y renovaba su pacto con el Demonio. Algunos de sus clientes, debido a su extraordinaria belleza y su habilidad en las artes amatorias, la pensaban bruja y mamaban el jugo de sus pechos para así obtener la gracia de sus poderes ocultos. La negra Dominique, luego del mal parto en el que había muerto la criatura a las tres horas de nacida, le había dado un brebaje para inducir la leche sin reservas en base a una planta exótica que solo ella conocía.
Al costado de la casona, había un pequeño bosquecillo. Eran los árboles plantados por las numerarias a su llegada. Se pensaba que el daño que sufriera el árbol lo experimentaría la dueña en cuestión. Por lo que lo llamaban el Bosque Sagrado de Bethania. Si el árbol se secaba, la responsable de él caía enferma hasta que moría. Si el árbol prosperaba era señal de buena suerte y buena economía. El más bello era siempre el de Siloé. Y entre cuchicheos ahogados algunas comentaban que era por sus actos de brujería. Era un secreto a voces que se extendía producto de la envidia, los celos y la rivalidad. Todas la seguían con la mirada y la señalaban con el dedo.
Ninguna de las mujeres que allí habitaban eran llamadas rameras sino damas de compañía. Plan establecido por el dictado de mentes visionarias. Muchas nacían en el Salón y eran iniciadas en los misterios menores, entrenadas como declamadoras, con dominios de astrología, medicina y adivinación. Sus clientes eran hombres selectos, con importantes cargos en el gobierno de la nación.
Pero aquella noche Siloé estaba agitada. Respiraba nerviosa y las aletas de su nariz se dilataban producto de imperceptibles temblores. Dominique trataba de calmarla «Estoy contigo. Nada has de temer». Pero el olor del perfume frotado sobre su piel le despertaba una impresión de desasosiego. Perdida estaba en sus pensamientos cuando densos nubarrones oscurecieron el cielo y taparon la luna, que parecía un gran disco de cobre. Sobre el horizonte brilló el primer relámpago vaticinando una gran tormenta. Tiempo después el ronquido bárbaro del viento y los torrentes de agua comenzaron a azotar los grandes ventanales. 
—Dominique… tráeme el tarro que contiene el aurum bromatum —dijo Siloé al tiempo que se volvía a desvestir.
La negra fue a la pequeña covacha y lo encontró entre un rosario de florecillas negras y unos saquitos de pebetes troceados.
—Ahora fricciónamelo por todo el cuerpo —indicó mientras se afincaba rígida y vagamente ausente.
Un golpe de aire apagó la luz de los candelabros y derribó el vaso metálico que tenía sobre la tapa una banderilla de estaño. Dominique corrió a trancar el postigo.
—Lo he visto de nuevo Dominique… el mismo hombre, la misma figura fascinante —dijo con los ojos cerrados, sumergida en una profunda lasitud.
—Es su destino mi niña… que viene a su encuentro —dijo enjuagándose las manos en un cuenco con agua.
—Sobre él no poseo poder Dominique, me considero frágil. Sé que le voy a adorar y tengo miedo —dijo poniéndose el camisón.
—Eso es porque ante sus ojos está indefensa. Él le conoce en cuerpo y alma. Fueron amantes en otra vida… ¿recuerda? —dijo colgando los vestidos en las perchas y sacudiendo los bolsos y los sombreros.
—Estoy cansada Dominique… muy cansada —dijo prendiendo un cirio negro.
—Está cansada de su soledad, de los hombres que vienen y van. Pero este es diferente. Yo también lo he visto en mis visiones venir hacia acá. Su vida se abrirá a nuevas dimensiones —dijo colgando bolas de paños llenas con hierbas aromáticas en el marco de la puerta.
—De vez en cuando veo un destello de él en mi pensamiento. Pero es una imagen fugaz que apenas logro retener. No puedo convocar las fuerzas de la naturaleza, con él mis artes no funcionan. De todos modos, este es mi lugar. Aquí soy la gran Siloé… pero mi belleza no durará eternamente. Se marchitará, me cansaré… —dijo y rompió a llorar como una criatura.
—Duerma mi niña, descanse ahora… hoy es su día libre, no lo malgaste en lamentaciones —dijo al tiempo que retiraba el cubrecama y la arropaba entre las sábanas limpias.    


La mañana del día siguiente fue lluviosa, pero aun así todas las numerarias corrieron al Bosque Sagrado de Bethania. Un gran rayo había partido una mitad del árbol de Siloé.
Habían comenzado los malos augurios.


Martha Jacqueline
De la novela en proceso de escritura: "La Orden del Porais".