martes, 28 de febrero de 2017

El engastador...



(Fragmento)
El pueblo en que pasé las últimas vacaciones de mi infancia sólo podía ubicarse en el anhelo de evasión y olvido de los Rivas-Boitel, mis progenitores. Vivía yo esa época mágica de la existencia en que el cuerpo espiga a toda prisa y ya se afana por expresarse a todas voces; cuando mis padres, más con chasco que con indiferencia, decidieron tirar de los cordones de apertura de sus paracaídas sentimentales, dando el salto definitivo que los lanzaría fuera del matrimonio. Si bien aquel era un abismo igual de incierto, se arrojaban a lo por venir ciñendo la efímera ilusión de hallar en la caída algo salvable. Así, llegó el día, en que encerrados en la alcoba conyugal y como si barajearan el mazo de una memoria antigua, se repartieron, prácticamente, en menos de un abrir y cerrar de ojos, la consabida y disputada herencia de los separados.
Mi congoja de entonces, me llevaba a rastras como una sombra en pena por los escondrijos de la casa. Pronto me supe aquella temerosa de altura, primogénita entre una cría de hermanos malogrados, ya nunca nada. Intuía el instante de aquellos deseos inconclusos, equipado –como yo- con un arnés de miedo, florecido como la siempreviva del traspatio. Y hasta pude sentir lo drástico de esa desconocida primavera sobre el impasible despunte de un invierno por demás, inesperado. Alzando al máximo el dial de mi silencio, decidí aguardar alterando de algún modo la leyenda fácilmente interpretable –escrita al dorso del recuerdo- de los ya viejos motivos de porfías sobre el mapa del hogar. Pretendía aquella hija, en sus empeños, el vano auxilio de una convivencia llegada al mundo con vocación de fuga, de animal escurriéndose a la flechería de los años.
Yo no tenía en qué apoyar mi conmoción, esa heredad de huida; pero demasiado temía el momento impostergable: el de la decisión. Me afligía de pensar la cara triste de mis padres disputándose por mí, queriendo cada uno atribuirse el ejercicio de mi patria potestad. ¿Cómo podría sortear esa visión que ya cobraba tan fatal contundencia? No sé cuándo ni cómo, pero visualicé mi muerte. La ventaja del suicidio me advertía una salida, una encendida de luces hacia lo por venir. Mi yo cadáver alteraría el rumbo inevitable de los acontecimientos; se cerrarían mis ojos compensados por el abrazo de la conciliación, que sostendrían los sollozos ante la caja negra de mi partida. Entonces ensayé las opciones disponibles; pero mis pueriles métodos, como es de suponer, resultaron fallidos. Por fortuna, entre las brumas de mi desesperación, brilló la luz hasta el momento ignorada de mi creencia. Allí estaba, heredada al abandono de un cúmulo de libros viejos–embadurnados por una capa de polvo gruesa-, la estampita del santo de los imposibles, que dejara el primo Ezequiel cuando se fue a la tumba. Mis padres referían al difunto como un engendro de la nada, que no tenía ojo para leer la música, y que su aliento frígido envilecía el sonido de la flauta. Así, sin pretender saber mucho más allá de su existencia, expiró el plazo concedido sin que lograra el tan soñado acorde del triunfo que le permitiría ocupar por más tiempo la habitación extra de nuestra casa. Y si bien el pobre era un gran creído de su fe, en cierto modo, nada pudo hacer el santo ante sus nulas dotaciones artísticas; pero, al parecer, llegado el final, lo resarció con aquella plaza horizontal en el añorado y frío hueco del cementerio, que pidiera fervorosamente en última voluntad ante la alternativa de tener que regresar a su pueblo. Tal fue mi convicción en la evocación de estos recuerdos, que la cruz empotrada en el mármol, imaginada de lejos, se volvía agorera del delirio que estrenaba mi culto. Supliqué entre una retahíla de frases inconexas, soplando el polvo y adivinando la oración impresa al dorso en inglés: Desaparéceme. Que no me vean, por favor, que no me vean.
Nadie me vio. Mis padres salieron de la habitación casi que con la misma estampa de felicidad que lucían en las fotografías del comienzo. Parecía como si lo invisible hubiera dado lustre a unos ánimos, vencidos horas atrás por los estragos de la irritación y el no entendimiento. Lejos del fastidio de los que se saben ausentes, mi padre sirvió unas copas de Vermont, y al calor del tinto platicaron sin fingido entusiasmo de sus proyectos. Yo, a modo de probar mi nuevo estado de invisibilidad, caminaba de un lado a otro frente a ellos: primero, con una sabiduría de silencio y pasos cortos; luego, en un acceso de alegría que me hacía brincar escandalosamente, a la vez que otorgaba una profusión de besos al santico, dejándolo brilloso tras una estela de saliva. Un doloroso ahogo se apoderó de mí cuando, de pronto, ellos dejaron de sonreír; callaron repentinamente como por arte de magia; y me miraron en un repaso largo e inescrutable, como quien retoma en cámara lenta un imperdonable olvido. Al no hallar un modo normal de acomodarme en sus respectivas agendas de vidas, sus miradas volvieron sobre el tono desabrido que los llevó a fabricar ese tipo de insultos, muy dado en los mayores con grandes rezagos infantiles. Y, como no había ni la más mínima posibilidad para mí de un espacio entrelíneas, determinaron enviarme con la tía-abuela Emma, a Ubuntu.
Mientras mi madre atragantaba por la boca entreabierta de la maleta mis pertenencias, yo la seguía por la habitación preguntándole quién era Emma. “Hija, es la abuela de todos. Ella te regaló eso, ¿recuerdas?” Al decir eso, había señalado la adularia montada sobre plata que colgaba en mi cuello. “Es para que no enfermes de luna”. En mi memoria late aún, el sordo eco de sus palabras cuando mis labios balbucearon: Ubuntu. “¡Ah! Ese es el pueblo del primo Ezequiel”. A nadie dije que enfermé de vértigo; ya la pronunciación del nombre de aquel sitio me sonó a exterminio; y había algo de maléfico en él, de oscuridad, venido así desde la voz cavernosa de mi madre. Pero cuando mi angustia estaba naciendo un nuevo llanto, sentí la tibieza de la estampita reposada en mi mano, como si algún gesto de San Judas floreciera, en virtud de nuestra complicidad.
Entonces -y solo entonces- acepté esa forma a pedido de no ser vista, de desaparecer.


Martha Jacqueline
Del libro de relatos: “Voces apócrifas del más allá”.