viernes, 14 de octubre de 2016

La Revolución de los años II




Por Ricardo Pla
 
Cuba ha sido el feudo moderno diseñado a la perfección para que el mecanismo interno de odio y represión funcione de manera autónoma. La falta de información ha marcado toda ausencia de futuro. Al menos un poco de esa información, mas el sentido común, ha dado motivos de sobra a las masas cubanas; una, a no tomar las armas, las guerras civiles solo conllevan a un arrepentimiento tardío al saturarse las manos con las sangres de los vecinos y la familia; otra, es que los tiempos de mártires quedaron atrás, gracias al mismo sistema encargado de silenciarlos a toda costa, a los “malos” y a los “buenos”, incluso a los “buenos” los silencio a toda voz con medallas y actos públicos anuales, que no alimentan los estómagos sufridos y mucho menos el espíritu de los allegados. ¿Creen que el hijo de Quintosa emule a su padre, si es que alguien alcanza a recordarlo? Va y lo recrimine cada año porque cada discurso no consigue traerlo de vuelta y jugar juntos a la pelota.
Con tanta hambre que ha pasado el cubano -más de 50 años- ya deberíamos estar muertos. Pero siempre se ha protestado a medias, por el temor, el odio, la represión y el control, por aquello que decía Zumbado que: “quien critica lo que tiene a pedir se queda”, y hacer huelga por un pan, tal vez acarearía perder el de los días sucesivos. Pero si solo me quitasen mi pan, si solo sufriese yo y no mis hijos, mis hermanos, y toda la lista de los que me secundaron al no detenerme. ¿Entonces Padre, quien habría de perdonar, de perdonar a quién?
Nosotros escogimos huir, y eso nos situó del otro lado de la valla, viendo el festín taurino afilar los cuernos de la decadencia y no abundancia. Pero tanto desarraigo no nos ha de llevar a formar parte de un exilio que solo ha logrado envilecer las relaciones entre hermanos. En un principio eran niños malcriados, y sin paso a una inteligente transición a adultos, pasaron a ser unos viejos resabiosos y fueron de un extremo a otro, que en esencia, al final, es la misma mierda.
Me inclino a compartir, a fundir, a mezclar, pero con ganas de cementar una Cuba para nuestros hijos. Por todos estos años hemos sido a veces la arena que se le ha escapado a Fidel de las manos, y el exilio ha sido el agua que bate la orilla en cada ola y amenaza. Alguna que otra vez, entre tangentes confabulaciones, se han erigidos castillos de arena que colapsan como parte de una historia inconclusa.
El Papa no dijo nada nuevo con aquello de “Cuba se abra al mundo y el mundo a ella”, Carter ya lo había pensado antes, llenando la isla de americanos tan exponentes de su libertad como curiosos, capaz de en plena oscuridad hollywoodense preguntar: Is anybody there? Y el cubano mostrarle la cara oculta de su isla, el hambre dibujada en su cuerpo, la angustiada congelada en sus ojos y la esperanza aflorando en su sonrisa. La excusa del bloqueo es obsoleta. Hay que hacer trizas las xenofobias infundadas, que el extranjero deje de ser marioneta y comparta con el cubano desde la raíz, y que el cubano pueda ver cuán dura es de escarbar la raíz en el extranjero, pero que igual no por ello pierda su identidad.
A los Castros y su camarilla, hay que ganarle las batallas pequeñas sin dejar de ambicionar con espaciados sorbos, porque de frente siempre ha de salir a relucir el orgullo, la testarudez y la esquizofrenia y son otros los que sufren, el hermano, el amigo, el vecino.
Hay que luchar por los derechos de los cubanos, y nosotros los que estamos fuera de Cuba, hacerle ver a toda persona interesada en nuestra origen, que tenemos y que no, pero haciendo énfasis en nuestro déficit, sin ánimo de mendigar, sino más bien para sumarlo a la lucha.
Hay que darse cuenta que cuando escogimos exiliarnos, pasamos a ser el puente de Cuba con el mundo. Cada cubano exiliado en el extranjero es un embajador de la miseria y la tristeza de su pueblo ante el mundo. La realidad cubana no se vende sola, y en estos tiempos de crisis nadie quiere invertir y menos en revoluciones dictatoriales. Pero no por ello hay que desistir, hay que ver que en cada ser humano hay un corazón dispuesto a ayudar, porque su poquito junto al de muchos ha de ser suficiente para empezar, porque nunca es tarde; para cambiar, porque ya va siendo hora de vivir en libertad.