viernes, 7 de octubre de 2016

El dolor del presagio...




No podíamos sino obedecer el mandato del tiempo.
Como si fuera un espíritu de protección
así llegó el hombre
para devolvernos la tierra del caucho
envuelto en la sangre de la resurrección,
despertando a los vivos
levantando a los muertos.






Una repentina llovizna, sobre las cestas esparcidas de granos, arroz y cogollo de palmeras, hizo que los últimos forasteros llegados en abril corrieran tropezándose los unos con los otros; para luego desaparecer, entre cuadrillas de ramas de espinas negras y hojas de rarísima condición para techar viviendas, bajo los toldos de chapa de la soguería.
Hohuaté los vio, ya bien adentro, esquivando los sacos de carbón, los aparejos dejados al azar al pie de los barriles de manteca, encendiendo sus fosforeras, asombrados por la creciente oscuridad que reaparecía no bien llegaba la mañana.
La aldea de Santo Tomé amanecía anocheciendo. Las luciérnagas, confundidas, se encendían como ojos de muerto; y una nube de insectos, procurándose lo fresco, subía por los cuerpos que sangraban sin aviso, con picores que infectaban hasta las carnes más tiernas.
No se sabía ya dónde dormir la nueva noche, entre círculos de sombras y murmullos de pobres consagrados a guardar las apariencias de una realidad cuyos tormentos se expiaban reduciendo las cabezas de algunos animales con arena bien caliente; esculturas ofrecidas en sacrificio al tiempo, tan desheredadas en prodigios como en el exterminio de un milagro en el que descubrían, de repente, la rivalidad de la naturaleza.
Con la disculpa de traer un poco de harina para los tortilleros, el niño Hohuaté, indiferente al nerviosismo de los que lo rodeaban, se escapaba al rancho de Wenu Kushe donde comía una gran cantidad de cebolla cocida en las fritangas saladas coloreadas de rojo con ají y coquitos acaramelados con azúcares prietos. Por el camino solía cruzarse con los verduleros de a pie, vestidos con chaquetas roídas y alpargatas de soga, que portaban sobre sus cabezas enormes canastos rebosantes de verduras. Más lejos, detrás de las enormes rocas negras, se escuchaba el voceo de las mercaderías de los que escalaban por los acantilados y laderas.
Hohuaté soñaba entre sombras largas y bailes de fonda, mientras acarreaba el agua para las bestias de corral, con la feria de pájaros de la Calle Mayor. Siempre a distancia pasaba frente a los portones que presumían los grabados de la época de la conquista. En torno a él, con la cara tiznada y afilando las flechas con dientes de pirañas, bajaban por los flancos verticales, los cazadores de pecho desnudo y brazos cubiertos de cicatrices, que se perdían entre los gigantescos árboles con las bocas llenas de bendiciones. La algarabía reinante prestaba oídos sordos a los que padecían, acongojados, entre los humos de café tostado y las moscas del barro húmedo, los desquites de lo inevitable.
Durante sus andanzas, escapadas atribuidas al espíritu de sus difuntos, volvía, todo inocencia, luego de una prolongada ausencia de dos horas de camino, como llamándose a sí mismo, cubierto de extrañas tinturas y del olor de lo sacrificado. Cierta vez lo habían visto en tres lugares diferentes al mismo tiempo.
— ¿Cómo será la cara de los que ya se fueron? —le habían escuchado preguntar cerca del río, junto a la gran piedra oscurecida por los hongos de las orillas.
—Dolorosas son, de dolor son sus caras.
Y fue hombre nacido de la esperanza que regresa al amparo de las aguas que hablan.
—¿Cómo será su tiempo? —solía decir el eco de los que lo hallaron en el frío bostezo de la gruta.
—De presagio.
Y tuve fe en el ocaso de todo lo que nunca pudo.
—¿Oyes el crujir como de costumbre? —resonó la voz en el establo donde buscó el calor de las bestias.
—Es el dolor del presagio.


Martha Jacqueline
Fragmento de la novela en proceso de escritura: "Wenu Kushe"
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