miércoles, 5 de octubre de 2016

Campamento militar Agripino



 Suramérica


Aitor Dreke lanzaba puñales contra el culo del cerdo muerto puesto sobre la cabeza del cabo Tapioca. El soldado, exánime, se había orinado en los pantalones. El general Dreke, con grandes carcajadas, hacía alarde de su puntería clavando en el trasero del animal los cuchillos una y otra vez. Los reclutas, eufóricos, disfrutaban del espectáculo y aplaudían con gran entusiasmo haciendo un corrillo alrededor de ellos. Dreke había llegado al poder tras la revolución en la que derrotó a su eterno enemigo el coronel Risquet. Sus relaciones entabladas durante la guerra con militares de alto rango le permitieron una amplia red de contactos que, en algunas ocasiones, traspasaron lo estrictamente profesional. Durante su mandato al frente de la guerrilla labró el culto a su persona. Era jugador, mujeriego, aficionado a las juergas y farras nocturnas; pero se destacó por su gran valor y capacidad táctica. Le gustaba desmoralizar al enemigo y tomaba eminentes riesgos encabezando el avance de su tropa. Se ganó la reputación de oficial bien preparado interesado en aprovisionar a sus hombres y en la seguridad del Campamento. Era implacable con la insubordinación; por eso, el castigo al cabo Tapioca. Este había lanzado su comida a un oficial de mayor rango durante una reyerta y Dreke debía escarmentar su indisciplina.
Vitoria miraba la función, con sus grandes ojos negros, desde su litera. Era una gitana expulsada de España por no cambiar su forma de vestir, sus costumbres y su idioma. Dreke la encontró en una taberna del condado esparciendo la buenaventura y bailando desnuda sin más abrigo sobre su carne que una liga de cáñamo a su cintura. Era una amante ardiente, limpia y con grandes dotes culinarias. Sabía del manejo de las hierbas, de la bondad de los ungüentos y la complacencia de las mixturas. Sentía compasión del cabo Tapioca. Por eso no reía. Por eso desaprobaba el método empleado por el general para corregir al infeliz. Por eso rezaba en silencio, en un dialecto desconocido para los presentes, para que acabara aquella tortura psicológica. Utilizando un collar con cuentas de peonías a modo de rosario solicitaba el perdón divino. Invocaba el favor de sus dioses. Para su sorpresa, su súplica fue oída. De pronto, el brazo de Dreke se detuvo en el aire, a medio camino entre el impulso y su destino final. Todos callaron de repente. A lo lejos, se escuchó el galope de unos caballos. Vitoria también miró en la dirección que seguían los ojos de Aitor. Era el capitán Oriol Prats. Venía de su misión en Villa Salamandra.
Aitor Dreke se apresuró a recibirlo. Prats era su mano derecha. Hombre frío y distante, solo mantenía familiaridad con sus allegados más íntimos. Reservado de costumbres, rayano a veces en la malicia usaba unas macizas botas que hacía de su paso un motivo de intimidación para la tropa. A una señal de Dreke los reclutas volvieron a sus puestos y el cabo Tapioca quedó en el mismo sitio, en posición de firme,  empapado de sudor y cubierto con sus propios excrementos y orines. Como si fuera una señal del destino el cielo se oscureció. Grandes goterones comenzaron a caer sobre las calaminas de los techos del campamento con un estrépito terrible. Vitoria abandonó su posición anterior y sirvió en unas canecas un poco de aguardiente de caña para los dos hombres.
—Todo salió según lo previsto —dijo Prats encendiendo un tabaco. Luego puso el sobre con los documentos encima del taburete.
Dreke los hojeó por unos instantes.
—La Doctrina secreta…, hojas del libro sagrado de los Escribas —murmuró al tiempo que se los enseñaba a Vitoria.
—Anzoátegui no ha logrado nada, sin el Yamaré es imposible comprenderlo —dijo Prats tomando un pañuelo y lustrándose las botas.
—¿Surgieron dificultades? —preguntó Dreke rodeando con el brazo la cintura de Vitoria.
—Su hijo hizo un poco de resistencia… pero está muerto como los demás. Con excepción de la criatura, claro está. En vano invocó al Señor. Al parecer, su Dios lo abandonó.  —dijo Prats haciéndole señas a un soldado para que se le acercara.
Dreke y Vitoria lo vieron venir con el niño en brazos.
—Será un buen guerrero. Me encargaré personalmente de mantener su fidelidad hacia los nuestros —dijo Dreke cargándolo y mirándolo como si fuera un perro de raza. —Necesitamos sangre joven —dijo enseñándoselo complacido a su amante.
Vitoria se estremeció.
—No puedes… —dijo por lo bajo.
Dreke la interrogó con la mirada. Confiaba ciegamente en sus intuiciones.
—Ese niño arruinará tu vida. Será el responsable de tu muerte —dijo Vitoria con lágrimas en los ojos.
—¿Estás segura? —preguntó Dreke dudándolo por un instante.
—Él crecerá y se vengará del asesino de sus padres. Alguien le contará. Ese medallón está maldito —dijo Vitoria dándole la espalda a los tres hombres y mirando hacia lo lejos la oscuridad del cielo.
—No puede ser —dijo Prats—. Para los de la Orden del Temple los responsables de este siniestro serán los Haraweq. Se enfrentarán entre ellos.
—Esa falsa no durará mucho tiempo —dijo Vitoria mirando a la criatura.
—No importa —dijo Dreke—. Al menos compraremos algo de tiempo. Nuestro informante nos mantendrá al tanto de los acontecimientos. El mal hay que cortarlo de raíz. Fue un error permitir que naciera teniendo ya su tumba de carne.
Dreke se incorporó. Clavó uno de los cuchillos que tenía en la cintura sobre el taburete y le dijo a Prats:
—Desaparécelo. Entiérralo lejos de aquí.
—Como usted ordene mi general.

Prats bebió de un golpe lo que le quedaba de trago y ordenó al soldado que lo siguiera. A pesar de ser un hombre sin escrúpulos no creyó poder llevar a cabo la tarea personalmente. Suficientes asesinatos por hoy, pensó recordando lo sucedido.
—Soldado… ¿cuál es su nombre? —preguntó Prats.
—Paolo señor… —dijo el recluta.
—Pues bien Paolo, si quieres conservar tu vida y la de tu familia, matarás a esa criatura y la enterrarás en la Parroquia de San Benito. ¿Entendido?
—Sí capitán.
—Pues ándele ya… y asegúrese que nadie lo vea.

Paolo salió del campamento bajo la fuerte lluvia. Era un hombre religioso que provenía de cuna humilde. Tenía tres hijos pequeños a los que mantener y una joven esposa que lo esperaba siempre en el granero, acostada en la paja, con vino en el porrón como en sus tiempos de novios. Paolo no podía traicionarlos por más difícil que fuera su misión. La lluvia fue menguando al mismo tiempo que sus fuerzas. Había caminado mucho. Lo mataría cuando faltara poco para llegar a la Parroquia. Tomó el camino más largo. Volvió sobre sus pasos una y otra vez. A la altura del puente de madera lo recostó sobre una piedra. La criatura yacía plácida, callada, como si estuviera muerta. Paolo alzó el cuchillo y lo lanzó con todas sus fuerzas de lo alto hacia lo bajo. Pero no pudo. Con manos temblorosas agarró el niño y caminó en dirección al puerto. Allí tenía un amigo de la infancia. Un marinero que pronto marcharía rumbo a Egipto. Paolo lo buscó con desesperación hasta que lo vio con otros tripulantes descargando unas cajas negras, que parecían ataúdes, de un barco cuyo casco plomizo estaba algo descascarado por la intemperie.
— ¡Quintto! —llamó con gran emoción.
Quintto Lucas se volteó de repente y le devolvió una gran sonrisa.
— ¡Paolo, amigo!… ¿cómo estás? —dijo al tiempo que intentó darle un abrazo cuidando de no lastimar a la criatura.
Paolo le contó a grandes rasgos su situación. Le explicó lo de la profecía que había escuchado en boca de Vitoria y del peligro que corría su familia de no completar su misión.
—Debe morir…  ¿comprendes Quintto?... Debe morir —repitió oyéndose a sí mismo con expectación—. Llévatelo y que muera en un lugar digno. Proviene de una familia respetable. Es lo menos que puedo hacer por él.

Quintto Lucas no dijo nada, solo le hizo un gesto de afirmación con la cabeza. Tomó a la criatura y se alejó con determinación. Era un lobo de mar acostumbrado a situaciones difíciles. Le debía varios favores a Paolo, era el momento de saldar sus deudas.
Atardecía sobre la ciudad. Desde ese día la vida de todos cambiaría drásticamente.


Martha Jacqueline
De la novela en proceso de escritura: "La Orden del Porais"