martes, 27 de septiembre de 2016

Sociedad secreta de Albión


 

El seminario teológico estaba situado en un edificio rectangular de nave única. Era un viejo monasterio en el que destacaba una torre cuadrangular postmedieval adosada que posibilitaba el acceso al campanario de tres cuerpos. Actualmente se encontraba prácticamente abandonado y en sus ruinas brotaban las hierbas aromáticas, el romerillo y la salvia. Por las grietas de las descoloridas baldosas crecían, rebeldes y enmarañadas, grandes plantas silvestres que se extendían hasta el tronco de una adormidera negra. El claustro, de forma cuadrada, tenía en el centro un pozo y en el espacio restante lo que fuera un jardín de cuatro caminos. El corredor cubierto se hallaba limitado por arcadas. En el lateral este, entre lo que fuera el calefactorio y la sala capitular, se hallaba una amplia estancia: la antigua biblioteca. Esta había sido acondicionada a los nuevos tiempos y en ella se hallaban custodiados, como en un museo, las esculturas de los capiteles del coro, rescatada de los actos vandálicos y saqueos.
Luxor Racine era el enlace de la Obra con el exterior. Con los brazos apoyados en el gran escritorio oval de caoba, repasaba los textos crípticos del Ein Soph, un antiquísimo ejemplar maltratado por las trazas y la humedad. Parecía, al trabajar sobre estos yacimientos de conocimientos antiguos, un arqueólogo excavando en algún templo enterrado. Era un hombre alto, delgado, que usaba unas gafas que le daban cierto aspecto melancólico mientras no se le contemplara fijamente a los ojos. Visto de frente, tenía una mirada enfebrecida, ardiente, que simulaba traspasar todo pensamiento. Estaba iniciado en los misterios ocultos y sabía leer a la perfección el griego antiguo, el hebreo, el latín, el copto, el chino arcaico y el egipcio demótico.
A través de los años La Sociedad Secreta de Albión, se había hecho depositaria de un saber único. La biblioteca se había nutrido de cientos de ejemplares de papiros y extractos fragmentarios de libros de hechizos, depósitos de conocimiento arcano y secretos místicos. Las páginas de los manuscritos habían sido rescatadas de eruditos coleccionistas y comerciantes ilegales y contenían gran variedad de recetas, fórmulas y oraciones intercaladas con palabras mágicas, a menudo en taquigrafía. También guardaban tablillas de maldiciones escritas en ostrakas, amuletos y pastillas de plomo. La adquisición más reciente había sido una pieza musical de finales del siglo III, un himno a la Santísima Trinidad en notación alfabética griega.
Luxor contemplaba este tesoro con un aire de suficiencia y soberbia a la vez.
Mientras corregía ahora las notas marginales de un manuscrito deteriorado del Libro de Isaías, miró con impaciencia el enorme reloj anclado sobre la puerta de entrada. Su hombre estaba retrasado unos quince minutos. Una ligera alarma se apoderó de la ecuanimidad de su rostro. Luxor Racine se levantó y estiró las piernas. Colocó las gafas sobre la mesa de mármol y observó, entrecerrando los ojos, la marca de maestría dispuesta sobre un plato de estaño colocado en el librero atestado de cientos de volúmenes. Meditó sobre el símbolo hermético conocido que no era otro que la insignia del azufre alquímico, en posición invertida. La pieza correspondía a Jacques Royaune y había sido rescatada de un mercader genovés. Mientras se hallaba sumergido en una profunda cavilación afuera comenzaba a oscurecer. El viento hacía oscilar las ramas de los pinos en un vaivén suave y persistente, esparciendo los diminutos piñones por el descanso de las anchurosas ventanas. Olía a alcanfor y a azafrán. Una vez por semana se ordenaba a una novicia para que desinfectara la estancia bajo la supervisión de un Hermano Honorario. La temperatura comenzaba a descender por lo que, interrumpiendo sus pensamientos, buscó el favor de las llamas vigorosas encendiendo los leños de la chimenea de mármol de Siena. En el mismo instante que se disponía a prender un cigarrillo tocaron a la puerta en una especie de código. A paso apresurado se dirigió a la entrada echando un vistazo por la mirilla.
—Está retrasado —dijo Luxor abriendo la enorme puerta de roble labrado.
Salvador Meyer entró en la habitación con aire extenuado. Su día había sido largo. Luego de salir de las catacumbas había caminado por las estrechas callejuelas meditando su próximo paso. Se había detenido en el puerto, entre los lancheros y cargadores, que bajaban a tierra las riquezas del norte y el sur del país. Los había observado en su faena llevando sobre sus espaldas, con la humedad hasta el pecho, los cargamentos de combustible, agua y suministros. A solo unos metros del muelle se había confundido con los vendedores ambulantes que se movían a pie o en lomo de burro, proveyendo el mercado con la leche, el pan, la carne, la fruta y un sinfín de provisiones, los mismos, que compartían las calles con ricos comerciantes y damas distinguidas vestidas a la última moda. Luego había seguido hasta la catedral; allí, bajo el fulgor de las ojivas pintadas y doradas, de los cordeles de los domos y las figuras multicolores, se había refugiado en la entrada de la capilla, donde los enfermos iban a implorar a Dios alivio para sus sufrimientos. Allí rezó, en silencio, por la criatura que estaba en sus brazos, rociando su pequeña cabeza con el agua bendita de la pila bautismal. Allí disfrutó de la sonora vibración de los bronces, de la maestría colgada de los arcos de las bóvedas, de los vidrios transformados en gemas preciosas. Allí se regocijó bajo la luz espectral y policroma de las altas vidrieras, leyó las frases esculpidas en los bajos relieves y se sintió desbordante de un nuevo entusiasmo. Allí llamó hijo a su hijo y sintió que vivía fuera de los protocolos, leyes dictadas y soportó sobre sus hombros la voluntad inescrutable del destino.
—Pequeños contratiempos de última hora —dijo cerrando la puerta tras de sí.
— ¿Y eso? —dijo señalando a la criatura que llevaba en brazos.
—Es mi hijo. Su madre murió en el parto y soy el único responsable.
Luxor Racine se quedó mirando fijamente al padre y luego al hijo. Encendió el cigarrillo y le dio una chupada larga. Se hizo un silencio incómodo.
—Siéntese —dijo dándole la espalda para servir dos copas de vino.
Salvador Meyer tomó asiento y miró a su alrededor. Observó los grandes cuadros que adornaban las paredes y las estanterías abarrotadas de libros, pergaminos y obras de arte. Le llamó la atención un gran cuadro que enmarcaba un manuscrito de considerables proporciones iluminado con miniaturas y cenefas. El título del mismo era: “Invocación de Leiden”:

Te invoco a ti, el más poderoso de los dioses, que todo lo has creado; a ti, nacido de ti mismo, que lo ves todo sin poder ser visto… te invoco bajo el nombre que posees en la lengua de los pájaros, en la de los jeroglíficos, en la de los judíos, en la de los egipcios, en la de los cinocéfalos…, en la de los gavilanes, en la lengua hierática”.

Luxor Racine se acercó con las dos copas de vino y siguió la dirección que seguían los ojos de Meyer.
—El tiempo, que trunca y engulle las obras humanas no ha respetado el antiguo lenguaje hermético. Lo que creemos revelar por el solo arresto de nuestra inteligencia existe ya en alguna parte, ¿no le parece? —dijo sonriendo.
—Las principales obras herméticas contienen muchos vacíos, amontonan contradicciones y se adornan de falsos procedimientos —dijo Meyer acomodándose en la gran butaca.
—Es cierto que estos manuscritos de tonos negruzcos no se dejan discernir con facilidad. Procurar estudiarlos a la manera de nuestros compendios sería requerir demasiado. Sin embargo, la primera impresión que se descubre por rara y borrosa que parezca no deja de ser menos conmovedora y persuasiva. Se presagia a través del lenguaje alegórico y la profusión de nomenclatura ese rayo de verdad, esa certeza profunda nacida de los hechos ciertos, apropiadamente observados y que no deben nada a las meditaciones fantásticas de la imaginación pura.
—Por esa misma dificultad de agudeza, por los secretos de sus enigmas y por la confusión de sus parábolas mucho de lo que no entendemos se ha visto relegado al mero hecho de las ensoñaciones, ilusiones y quimeras.
—Lo que sucede Meyer es que los filósofos no disponían de otros arranques para ocultar a unos lo que querían mostrar a otros. Todo lo que tenían era ese desconcierto de metáforas, fórmulas y símbolos diversos. Pero bueno, cambiemos de tema, ¿cómo le ha ido en su misión?
—Todo está en la bolsa —dijo lanzándola sobre el escritorio oval.
Luxor Racine caminó hasta el buró, alzó la copa y con una radiante sonrisa extrajo del talego la Máscara Tao Tie, los bronces y los huesos oraculares de la dinastía Shang.
—Escritura china arcaica —dijo alzando uno de los huesos oraculares. —Contienen una valiosísima información histórica… como la genealogía real completa de la dinastía Shang. Muchos de estos huesos fueron desenterrados por granjeros locales para venderlos como Huesos de Dragón en los mercados de medicina tradicional china o para pulverizarlos y ser utilizados en el mantenimiento del filo de las armas blancas. Y esta máscara, es portadora de terribles visiones. Muy buen trabajo, Meyer. Lo felicito. Su ayuda es invaluable para nuestra Hermandad. Aquí está su pago —dijo lanzándole un pequeño estuche cosido a cuero y cordel.

El niño comenzó a llorar a grandes gritos. Salvador Meyer se incorporó y comenzó a arrullarlo, pero fue inútil.
—Es que no he podido darle de comer. Es un recién nacido… no sé cómo alimentarlo.

Luxor Racine estaba más que satisfecho. Esa noche no dormiría intentando traducir los bronces y huesos oraculares. Estaba de muy buen ánimo, así que decidió ayudar a quien tanta complacencia le había proporcionado.
—Conozco a alguien —dijo con su tono más afectuoso. —Creo que podrá ayudarle. —Y escribió en un papel una dirección.
Salvador Meyer frunció el ceño. Había oído hablar de ese lugar a los que solo los más altos dignatarios tenían acceso.
—No se preocupe, si está libre de prejuicios con mi recomendación será suficiente para que pueda entrar.
Salvador miró a la criatura que no paraba de gemir. Y dijo resuelto:
—Solo indíqueme cómo llegar.



Martha Jacqueline
Fragmento de la novela en construcción: "La Orden del Porais".

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