martes, 23 de agosto de 2016

La Orden del Porais...




Prólogo

La sala de piedra estaba sumida en el más absoluto silencio. El viento de la noche, frío y húmedo, entraba por las pequeñas aberturas excavadas al final de cada pasillo haciendo temblar la luz de los candelabros. Vestido con sus ricos ropajes, Hiram D’ Anzoátegui, principal enemigo de los Haraweq, mantenía la postura de un distinguido cardenal. Sus finos dedos barrían los restos de cera incrustados en la madera de la mesa donde, en hileras de a dos, reposaban las hojas de palma de un antiguo manuscrito. Su mirada, rencorosa y despreciativa, iba de la superficie al pliego sin dar crédito a lo que leía. 
Diez hombres, de imponente aspecto, hacían guardia en la entrada principal de la ermita y otros veinte esperaban en fila la orden del superior. El maestre del templo, hombre paciente y de pocas palabras, al ver la firma y el sello de lacre que ostentaba el documento al final de cada página, se estremeció. La clave de la ciencia oculta, tanto tiempo buscada, estaba camuflada entre símbolos ininteligibles. El poder se les escapaba de las manos.
—Tráiganlo —ordenó Anzoátegui con furia contenida.
 Dos monjes se encaminaron a la pieza contigua donde, sujeto por correas de cuero, yacía un hombre golpeado. Con cierta dificultad, motivado por el temor que suscitaba su presencia, lo tomaron por ambos brazos y lo arrastraron hasta el centro de la estancia circular. El detenido quedó de rodillas, con la barbilla en actitud desafiante, iluminado por la tenue luz de la llama votiva que ardía en la hornacina. Llevaba un hábito rústico y colgado del cuello un medallón que tenía grabado el nombre de: Gébelin.
A una señal del maestre los veinte Ejecutores, hombres rudos de melena rubia, formaron un círculo alrededor del cautivo.
Hiram D’ Anzoátegui se incorporó. Acomodó las hojas sueltas del manuscrito en una sola pila y concentró todo el desprecio de sus ojos en su enemigo: el Escriba, arrodillado frente a él, había soportado los rigores de las torturas sin romper su voto de silencio. La clave de la palabra escondida cuyo significado se ocultaba todavía volvía a quedar lejos de su alcance. Una oleada de impotencia se dibujó en su rostro. Todo había sido por nada. Sin el Yamaré era imposible descifrar los misterios de la doctrina secreta. Por unos instantes meditó las consecuencias de la decisión que iba a tomar. Sabía que su sentencia cambiaría el curso de los acontecimientos para siempre. Al fin, acercándose al centro de la estancia, decidió romper el silencio sabiendo que ya no habría vuelta atrás.
—Ejecútenlo —ordenó Anzoátegui en un tono frío mientras miraba los profundos ojos negros del Escriba, que parecían sonreírle, por última vez.
Afuera llovía; llovía torrencialmente.
A lo lejos, en la aldea de Yanaboa, los integrantes de la hermandad tocaban, en monumentales tambores de tripa de cabra, redobles de funeral.
La guerra había comenzado.   




Capítulo 1

Aldea de Yanaboa

El jinete, sofocado, acelera la marcha clavándole las espuelas a su caballo. A medida que se acerca a la aldea su respiración entrecortada adquiere un ritmo enardecido. Su túnica ceremonial, diseñada un cuarto de siglo atrás por los sacerdotes de los Haraweq, va pegada a su espalda empapada de sudor. Ha tomado el atajo señalado por sus superiores; nadie lo ha visto coger el camino de los arenales, allí, donde algunos novicios esparcen la buenaventura con sus dones acrecentados luego de las abluciones realizadas en el río Akawa. En sus alforjas, lleva un grito de guerra: la cabeza cortada de un Escriba. No ha podido recobrar el medallón de identidad ni el resto del cuerpo despedazado por los perros jíbaros.
El jinete suspira. Antes de hoy era un simple Jerojy, limpiaba pinceles y afilaba plumas; mezclaba las tintas y alisaba pergaminos. Ahora, Él es el portador de la desgracia, el mensajero del fin de la paz. Su misión es más importante que cualquier distinción. Vuelve a azuzar al animal y acelera su carrera. Debe llegar a su destino antes de la medianoche. Atraviesa con precaución el viejo puente de madera y cruza la plazoleta circular del Apyka; en silencio reza por la salvación del alma del muerto.
A la entrada del pabellón central lo esperan tres Guardianes. El jinete salta con un movimiento rápido y deja atrás su caballo. Toma la mayor de las alforjas y se adentra por el pasadizo secreto iluminado por diez antorchas. Sale a la desembocadura del templo donde el creciente murmullo se traduce en una invocación colectiva.
Dentro, el Consejo de Ancianos, clamando la protección divina, se halla reunido alrededor del fuego encendido por los jóvenes candeleros. A su llegada, las tres puertas oblicuas del templo, sumidas en la penumbra, se cierran de afuera hacia adentro y los objetos consagrados comienzan a ser bendecidos para fortificar el valor, reafirmar las convicciones y descifrar el entendimiento. Sentado en su ilustre sitial, con su atuendo de algodón decorado con plumas de aves teñidas de rojo, el gran nagual comienza el protocolo de reverencias y bendiciones.
De frente al altar del Avá, los Escribas, con sus hábitos rústicos, depositan las hojas del Kappa, el Yamaré y el Tarawi. Los libros sagrados son almacenados junto con los aparejos ceremoniales. Los Guardianes, en posición de firme, resguardan el sitio de los objetos santos.
El chamán se vira hacia la concurrencia y dice con voz grave:
 Queridos hermanos… nuestra intención es decirles cómo y de qué sabia manera este excelente oficio de hombres de conocimiento ha comenzado. Es por ello que impondremos a quienes estén aquí los deberes que todo verdadero nagual debe respetar. Que la fuerza del Padre del cielo, el Avá, esté con nosotros en nuestras asociaciones y nos otorgue así la gracia de gobernarnos aquí abajo en nuestra vida de manera que podamos alcanzar su beatitud, que jamás tendrá fin. Se acercan tiempos difíciles, los Guardianes del Porais, deben estar atentos a los posibles contratiempos que puedan sobrevenir…
Los pies descalzos de todos perciben la vibración del suelo golpeado, de forma rítmica, por los bastones de los Guardianes. Un sacerdote se acerca al chamán y señala en dirección del jinete que acaba de llegar. Acto seguido, las manos huesudas le tiemblan y los ojos se le llenan de lágrimas. Con un movimiento de cabeza lo llama a su lado. El mensajero se le acerca y le entrega la alforja.
Aquí yace el orgullo de nuestra casta. ¡El grito de guerra de nuestra nación! —dice sacando la cabeza de la alforja y alzándola en dirección al cielo—. A partir de hoy nuestros hermanos los Escribas, serán también llamados Gebelinos, en honor al hombre que no traicionó. Nuestros enemigos serán derrotados y la sangre derramada será vengada. Nuestro es el reino y adversas todas sus tempestades… ¡Por Gébelin!
   ¡Por Gébelin! —gritaron todos al unísono.

Era el día de todos los muertos.
Un gran círculo rojo brillaba alrededor de la luna llena.

Dentro del recinto el copista principal recogía las memorias en el Libro de los Hechos. Esta, sería una fecha memorable: la paz, tan duramente conservada, llegaba a su fin. Se iniciaba una era de conflictos de incalculables consecuencias.




Martha Jacqueline
Fragmento de la novela en construcción: "La orden del Porais". 

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