jueves, 4 de agosto de 2016

Hexagon: Expediente Cuatro-Cero...



 Convento Nuestra Señora de la Concepción
(Fragmento)



Sor Evangelice estaba sentada en el último banco. Desde allí podía verlo todo. A la luz de los cirios, colocados sobre el lampadario de bronce, la silueta del padre Anastasio se proyectaba, alargada y sombría, sobre el altar mayor y el lateral del confesionario vacío. Las imágenes de los santos, colgados de los grandes cuadros, parecían exhalar una fragancia de consentimiento y beneplácito. Las hermanas escuchaban, con los ojos aterrados, su voz ronca y enérgica, entre olores de inciensos, cera quemada y madera vieja.
—¡Oh, pecadores!¡La potestad del demonio para dañar a los hombres, si lo permite Dios, es muy grande!... Puede excitar tempestades, granizos, vientos, truenos y terremotos... causar inundaciones, incendios, ruinas de edificios, arrancar los sembrados, y transportarlos de un lugar a otro en brevísimo e imperceptible tiempo…
 Sor Evangelice sintió el vello erizándose en su piel, pero se distrajo del discurso y miró por el gran ventanal entreabierto. A lo lejos, en la penumbra del anochecer, la hierba amarilla, pisoteada y marchita, se extendía alrededor de la fuente donde las monjas acostumbraban a recogerse en oración. La gran muralla que cerraba el recinto conventual impedía, aún desde la altura donde se encontraba, ver hacia el exterior. Las gruesas y robustas paredes de la fachada poseían un remate piramidal donde estaba empotrada una cruz de hierro. La única decoración de la entrada consistía en unas plazas de azulejos con inscripciones en versos y unos grandes paneles con imágenes de devoción.
Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que sus dedos, temblorosos y convulsos, oprimieron el rosario de tal forma que sus cuentas reventaron, desparramándose encima de su hábito y rodando entre los reclinatorios. Entonces, como venida de otra dimensión en el tiempo, volvió a oír la voz del padre Anastasio que le llegaba como un zumbido suave y monótono:
Padre nuestro que estás en los cielos…
 Sor Evangelice miró sus manos, todavía impregnadas con esa mezcla de resina y polvo de metales triturados con la que iluminaba sus códices. Llevaba siete meses trabajando en los rollos de pergaminos que había escrito un monje del siglo XV llamado Eckhart. Había seguido con fidelidad la traducción del texto primigenio, y estaba hechizada por las visiones que le provocaban esos pensamientos ocultos tras los velos de jeroglíficos y símbolos diversos. Eckhart era un pensador muy adelantado para su época; y ella palpitaba de vida bajo el peso de aquellas palabras donde se mostraban, despojadas de sus vestiduras humanas, las desgracias pasadas, presentes y futuras. Sor Evangelice pensaba que, a pesar de haber muerto en el anonimato, la obra de Eckhart podía considerarse como un vasto campo de profecías donde yacían sepultadas las más elevadas y santas aspiraciones del alma espiritual.
Perdona nuestros pecados…
Afuera empezó a llover. El agua caía sobre el tejado y resbalaba en un suave murmullo sobre las paredes cubiertas de musgos. Sor Evangelice comenzó a sentir sus manos engarrotándose con la humedad. La voz del padre Anastasio se derramaba en un lento susurro como una música acuosa que encendía las vidrieras policromadas que reflejaban una luz espectral desde sus imitaciones de lunas de estaño y soles de oro. Su cuerpo comenzó a contorsionarse y rodó por el suelo. No pudo oír los gritos de las monjas que la rodearon. Sintió una espuma caliente saliendo de su boca. Entre las breves convulsiones una fuerza sobrenatural se apoderaba de su frágil cuerpo y una voz potente, apenas irreconocible, salía de sus labios como en un aullido:
 —¡Abrid los ojos para que podáis ver, oh, hombres de mente enmohecida, y escuchadme bien, vosotros, la multitud de seres desorientados!
La madre superiora, horrorizada, trataba de aguantarle las manos que intentaban deshacerse de su vestidura.
El padre Anastasio bajó del púlpito casi corriendo intentando no tropezarse con su sotana.
—¿Quién eres? ¡Muéstrate de una vez!
—Tú lo sabes padre. ¡Soy Eckhart!
—¡Yo te rocío con agua bendita para que salgas del cuerpo de esta criatura! In Nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Réspice in me per Sanctissimos Angelos Tuos in Nomine Jeus Maria Virginea semper immaculata Nati, et Veritas Tua manet in aeternum-Amen.
—Yo sé todo lo que haces Anastasio. Conozco tu amor, tu fe, tu servicio y sé que ahora piensas que estás haciendo lo correcto. ¡Pero esta criatura es mía! Yo le he confiado mis secretos. ¡Hexagon! ¡Mata la semilla que la matará antes de que sea tarde!
 Sor Evangelice miró con ojos desorbitados a su alrededor intentando incorporarse, pero al instante se desplomó sobre los brazos del padre arrodillado frente a ella.
¿El espíritu se ha ido…? preguntó la madre superiora mientras trataba de despertarla. Las monjas, en un suave susurro empezaron a rezar —¡No responde padre, no siento su pulso! ¡Oh, por dios!
El padre Anastasio la cargó y la colocó de forma cuidadosa sobre el banco. Luego dijo con lágrimas en los ojos:
Creo que está muerta.


Martha Jacqueline
Fragmento de la novela en construcción: “Hexagon: Expediente Cuatro-Cero”.