jueves, 25 de agosto de 2016

EL KÉBIR...



 PUERTO VARESE


Cuando el tren, envuelto en una atmósfera de niebla plomiza, atravesó Puerto Varese, ya desde hacía algunos instantes, Isabela Moucide, evocaba, entre el fragor de los hierros al rojo, las deslucidas piedras de la iglesia románica. La cruz plateada, de brazos cortos, bajo el techo de madera soportado por paredes finísimas, comenzaba a tener, al albor del recuerdo, la acción enervante de quien se sabe poseído por un espíritu de luz. Era como si sus ojos, ahora en suspenso, florecieran en una mirada de fines ignorados; y, cada pupila, distraídamente, fuera ciega a esta civilización extraña, remotísima en edades y tiempo.

En el pequeño pueblo donde se habían detenido a hacer escala, se adivinaban los estragos de las guerras locales. Pocas ventanas permanecían abiertas, sumidas en el abandono, con la yedra colgando de sus marcos reventados por la humedad. La mayoría de los habitantes habían mudado su vivienda a la otra parte de la montaña, limpiando las orillas a fuego y a machete. La plaza en ruinas, donde algunas negras cantaban décimas que disertaban sobre los remotísimos orígenes de su raza, dejaba entrever el adoquinado roto por las raíces de los árboles. Los tramos de tierra florecida que olían a menta y lluvia y abrojos, le hicieron recordar, de pronto, los patios de la infancia; los naranjos podados, la adultez.
Isabela se quedó con la cabeza ladeada, recostada sobre la ventanilla. Observaba, a través del cristal empañado, las callejuelas estrechas y húmedas que interrumpían la dirección del pavimento gris de la única calzada entrante a los comercios, el éxodo de mariposas y de pájaros reproducidos en los bronces fríos de la casa de gobierno, los litros de vino refrescados en cubas con arena mojada, los secaderos de café y cacao, el gremio de mendigos acostados sobre el piso de tierra en espera de unas cuantas monedas, los niños barrigudos por el mal de los parásitos; y a poco dieron los relojes la hora del atardecer, se quedó detenida, con un ansia olvidada, mirando aquellos juegos que invitan a vivir y desnudan los rigores del luto en la sangre.
—Ellos mismos se enferman solitos —dijo el hombre sentado frente a ella.
Isabela se sentó en posición erecta. Volvió los ojos desde la plazuela hacia la delgada cara de su interlocutor. Era un hombre alto, de unos sesenta y tantos años, de pelo blanco y rizado. Echándose hacia atrás y señalando con el dedo, el desconocido añadió tristemente:
—Alguien debería limpiar todo el sucio que guardan sus cuerpos.
— ¿Perdón? —dijo Isabela tratando se seguir el hilo de la conversación.
— ¡Oh! Disculpe. No me he presentado —dijo al tiempo que se secaba el sudor con un pañuelo que volvió a doblar meticulosamente. —Me llamo Sebastián de la Rúa.
—Isabela Moucide —dijo con voz queda extendiéndole la mano.
—Un placer conocerla señorita —correspondió en su tono más afectuoso.—Le decía, ya que esta hora es buena para conversar y nuestro viaje largo, que esas personas necesitan limpiar las fábricas internas de su organismo, para que el sucio acumulado no interfiera con la medicación y recuperen los contentos de su existencia.
— ¿Es usted médico?
—Soy vegetalista —respondió con el entusiasmo primero.
— ¿Vegetalista? —preguntó con asombro.
—Sí… trabajo la magia verde allá en mi rancho. Soy recolector de especies botánicas para la Sur American Corporation.
— ¿Una compañía suramericana?
—Pues sí, llevo trabajando para ellos toda la vida. De la Cañada he traído unos doscientos ejemplares con su fotografía e informe detallado. Luego ellos, en los laboratorios, hacen remedios en frasquitos. —Hizo una breve pausa y añadió—: También soy cajoneador en mis tiempos libres.
— ¿Y qué significa eso? —preguntó Isabela al tiempo que se interesaba en la conversación.
—Nada más simple. Soy una especie de percusionista. Golpeo mi tambor de cedro y despierto las danzas dormidas que reposan al otro lado del instrumento.
Sebastián se quedó un momento pensativo y luego comenzó a sonar las palmas de las manos como siguiendo un código rítmico y cantó:

Y tú me dejas solo
como un cielo dormido
como cuando la lluvia
va escribiendo el olvido.

Isabela sonrió contagiada por el júbilo de Sebastián. El hombre calló de pronto y se alisó los pliegues del pantalón impecablemente almidonado. Frotó ambas manos y le preguntó:
— ¿Y usted? ¿Para qué pueblo va?
—Voy para Santa Roche —dijo contemplando con mirada ausente el exterior.
—Buen lugar para descansar. Yo estuve ahí hace unos meses y quedé prendado con la belleza del lugar. Sus tierras son ricas en magnesio y cobre. Y en las fiestas rituales los indios utilizan polvo de carbón empastado con saliva para oscurecer sus cuerpos. Hay un solo motel, pero es confortable. Seguramente es su primera vez por esos rumbos.
—Pues sí, ¿cómo lo sabe? —preguntó con curiosidad.
—Lo sé por su ropa. Santa Roche es un lugar extremadamente caluroso. Con ese vestido de mangas largas, seguramente se sofocará. Mire, cuenta la leyenda que hace miles de lunas, cuando la tierra todavía era de ceniza, cuando todo era nada, allí ardían las lámparas perpetuas, fuegos que nunca se apagaban… hasta que un día cayó un rayo, y con el rayo vino una lluvia que brotó de una roca partida en el sendero de la montaña, y entonces se hizo una gran catarata de la que nació, profundísimo en aguas, el río Akawa. Y este hizo esconder los fuegos en las entrañas de la tierra, donde siguen ardiendo inapagables. Los nativos le llaman centros de poder y con esa agua cuecen sus comidas rituales. Por eso su corriente es caliente como lava de volcán en algunos tramos. De sus cuevas sale un aliento tibio, perfumado, como de vegetal recién cortado.
—Tiene usted razón, desconocía esos detalles.
—Santa Roche es un pueblo mítico. Es el lugar donde cruzan los brujos. De algunos aprendí por ejemplo… que la cornupia odorama, de savia alucinógena, puede vivir varios días arrancada de su rama, hasta que sus pétalos se vacían de aromas y caen de golpe como animal muerto. Y que si un tunchi silba es porque alguien ha muerto o va a morir irremisiblemente esa noche.
— ¿Cuánto tiempo estuvo en el pueblo?
—Estuve varias semanas, pero fue como si llevara toda la vida. La gente es cálida y los nativos amistosos. Ya verá que se sentirá muy a gusto, como si estuviera en casa. Además, son muy pacíficos, las guerras locales no han llegado ahí todavía.
—Pues aquí, en Puerto Varese, por lo que veo no corren la misma suerte.
—No, según me informaron este lugar es foco de muchas rebeliones. Los Aboreros cuentan con muchos colaboradores clandestinos aquí. Están renuentes a perder sus tierras. Prefieren su propio exterminio que dejarse vencer en ese altercado con el gobierno.
—Al parecer es una guerra de desgaste.
—Sí, es una guerra de polos irreconciliables. Los Aboreros son de los indios más bravos y salvajes. Tengo entendido que aquí hay muchos comerciantes que les suministran armas y municiones para enriquecer su dotación de flechas. Su cabecilla, un tal Pantera Negra, le prendió fuego al mismísimo cuartel del general Estévez. Pero bueno, dejemos que ambos bandos resuelvan sus diferencias y hábleme de usted, ¿a qué se dedica?
—Trabajo en un orfanato y en mis tiempos libres ayudo en la iglesia.
A Sebastián de la Rúa le brillaron los ojos. Miró el delicado rostro de Isabela que contrastaba con su mirada severa, y ganó en familiaridad al notar esa expresión de humildad de los seres nacidos para grandes propósitos, cuyas obras salen del camino habitual para convertirse en misiones admiradas por todos. La joven tenía el mismo aspecto de su abuela, la misma templanza de las hembras que saben salir de las circunstancias adversas sin el agobio y el desasosiego que le roba la paz al alma.
— ¿Ayuda a decorar altares y esas cuestiones?
—Apoyo al padre Milton en cuanta tarea me requiere. Ahora estamos recolectando fondos para construir un hogar de ancianos. ¿Cree usted en Dios señor de la Rúa?
—No me llame señor… que me hace sentir muy viejo. Llámeme Sebastián.
—Y dígame Sebastián, ¿cree en Dios?
—Responder a esa pregunta sería como construir un templo donde los albañiles no emplean las mismas palabras para definir los mismos ladrillos. Además, creer es un camino de vida, que supone un trabajo interior de perfección. La fe solo tiene valor cuando subsiste por sí misma.
—La fe es una gracia del cielo.
— ¿Sería una indiscreción de mi parte preguntarle qué la trae por Santa Roche?
—Voy al funeral de mi padrino… —dijo con los ojos aguados.
— ¡Oh! Disculpe… ¡Cuánto lo siento! —dijo visiblemente consternado.
—Él era sacerdote… al parecer, la iglesia donde predicaba se incendió mientras dormía.
—Qué lamentable accidente…

De pronto, algo hizo estremecer todo el ferrocarril. Empezaron a sonar gritos ahogados y llantos por todo el tren. Se escuchaba ruido de cristales trizados. Afuera, las negras dejaban las cestas con tubérculos lechosos regadas por el suelo y corrían despavoridas, junto con los niños, en dirección a la catedral. A pesar de que era de día todavía las luces del alumbrado público se encendieron y comenzaron a parpadear. Una granada había hecho impacto contra un montículo de tierra pegado a la vía. Los soldados del general Estévez, con armas largas y ametralladoras, avanzaban tras las columnas de los soportales hasta cercar una pequeña tienda de utensilios de barro. Todo indicaba la presencia de algún Aborero allí.
Ante el estallido de la detonación  Sebastián de la Rúa se había lanzado sobre Isabela como método de protección.
Ella pudo sentir el ritmo vigoroso y agitado de su respiración. 


Martha Jacqueline
Fragmento de la novela en construcción: El Kébir
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