jueves, 25 de agosto de 2016

El KÉBIR II



Entrada de Matusalén



 Ignacio Apis, vacilante, descendió por las blancas escaleras que conducían al Camino Real. Por un instante, se quedó observando la gran muralla que presentaba en todo su recorrido acanaladuras verticales de ángulos rectos, tallas, imágenes estampadas donde se usaban colores naturales extraídos de tierras y arcillas, con sus tantas puertas falsas y una única verdadera: la entrada de Matusalén. Del otro lado del muro, se abría un claro circular alrededor del cual se hallaban diseminadas las chozas de los brujos. Hombres sin edad, de piel cobriza, iban y venían, con el sexo cubierto por retazos de paños sujetos con lianas y brazaletes sobre el codo izquierdo, alimentando con hojas secas la gran fogata en la que iban tirando todos los desperdicios para limpiar la orilla del río. A la lumbre viva, seguía un cántico armonioso, que, durante las largas horas que durara la jornada, iban alternando con la labor de las mercancías destinadas al trueque. Ashipa, el guía recomendado por Jubilado Pegrullo, iba a su lado, con dos cuerdas cruzadas sobre la frente, cuyas plumas iluminaban sus sienes. Ignacio se detuvo frente a una mesa donde se intercambiaban tobilleras confeccionadas sobre una fibra de caraguatá de la que pendían: caracoles, pezuñas de venados, cáscaras secas de frutos, fragmentos de desechos metálicos a modo de cascabeles y caparazones de pequeñas tortugas.
—Son para ocultar la parte débil de los dioses —dijo Ashipa pensando en la energía radiante del pulso divino y añadió: —Tienen usos chamánicos, rituales y mágicos.
Ignacio Apis la tomó en sus manos, la examinó, recorrió con sus dedos los signos tallados sobre las cortezas y sintió un hormigueo que le recorría la piel.
—A lo desconocido se entra con respeto, con miedo y bien despierto —murmuró Ignacio sintiendo un empuje de fuerzas contrapuestas.
La india masculló algo que quedó en la ignorancia de Ignacio. Ashipa sonrió.
—Dice que esa tobillera está llena de poder, ha sido cultivada por un brujo —dijo Ashipa tratando de disimular su sobresalto.
— ¿Cultivada? —preguntó Ignacio sin comprender.
—Es una herramienta de salvación, está hecha para defenderse de los ataques enemigos. Su poder depende de la clase de conocimientos y espíritus aliados que tenga el brujo.
La india volvió a decir algo, esta vez exaltada.
—Dice que se la pruebe, y le diga la primera imagen que le viene a la mente.
Ignacio, indeciso, se alzó el borde de su pantalón y se colocó, con sumo cuidado, la tobillera.
—No veo nada —dijo pasado un segundo.
Ashipa le dijo algo a la india y esta sonrió.
—Dice que ha visto a Wioho, el señor de la nada, él viene acompañado siempre de Pohejuvo, el señor de la lluvia y los truenos. Lo que ve es un gran temporal.
—Si ella lo dice… —dijo Ignacio incrédulo, encogiéndose de hombros. De pronto, empezó a ver colores… los registros de colores variaban en dependencia de la parte del cuerpo de la india donde mirara.
—Espera… —dijo—. Estoy viendo colores.
La india volvió a sonreír y le dijo algo a Ashipa.
—Dice que está viendo a Kaimo, la señora del gran resplandor, del arcoíris.
—Y esto, ¿es un buen presagio? —preguntó Ignacio confundido.
—Dice que ha visto la calma después de la tempestad. Que el poder aliado lo ha llevado más allá de sus propios límites. Ella pregunta si se quedará con la prenda.
—Pues sí —dijo sonriendo—. Dile que se la cambio por mi reloj.
La india asintió y le envolvió la tobillera en un papel de colores. Ignacio se quedó observando sus ojitos arrugados, inquietos, y las manos ásperas que secaban el sudor de sus labios con lunares castaños. Una leve brisa agita sus cabellos blancos.
—Pregúntale por el Kébir —dijo Ignacio a Ashipa ya cuando se iban.
Pero la india se agitó con desesperación, miró hacia todos los lados y habló en voz muy baja.
—Lo ha oído don Ignacio, dice que sus leyes prohíben que se hable de ese tema… mucha sangre alrededor del Kébir.
Ignacio sacó de su bolsillo unas cuentas de vidrio y se lo obsequió. La india, maravillada, llamó a un indio canijo, de piernas esqueléticas que estaba organizando unas cajas de cartón para que ocupara su puesto.
—Nos está invitando a su rancho don. Dice que allí es más seguro hablar.
—Dile que estamos a sus órdenes —dijo Ignacio guardando la tobillera en el bolsillo de su chaqueta.
Emprendieron el camino por uno de los matorrales del costado. La india iba tarareando una canción y a ratos se interrumpía para escupir. Caminaron medio kilómetro hasta llegar a una choza renegrida con el frente de paja. La puerta, un pedazo de lona acondicionada a un trozo de madera, se movía al compás del viento.
Entraron en la pequeña sala de piso de tierra. Unas cajas de leche vacías hacían las veces de asientos. En el centro una gran pipa bullía en constante hervor, y soltaba espirales de humo que se derramaban sobre la limpia desnudez del suelo. En una jícara al pie del marco derecho de la puerta, teñida de ocre, sobresalían una gran cantidad de maíz pinto, cristales y plumas.
La india los invitó a sentarse y dijo con los ojos bien abiertos en un murmullo:
—Aprender los asuntos del Kébir es acto de gran valor. Pocos indios lo desean… solo a los extranjeros parecen interesarles sus bondades.
Luego sonrió ante la cara estupefacta de Ignacio y Ashipa.
—Sí hijos, entiendo su idioma… como ven puedo hablarlo, pero ese será nuestro secreto.
La india se dirigió a un banco de madera donde tenía un mortero. Tomó la raíz de una planta y la envolvió en un trozo de tela. La amasó hasta extraer un líquido blancuzco que unió a unas semillas que parecían arena gruesa. Luego calentó la mezcla al tiempo que soplaba por una de las cañas de una vasija ritual. El amasijo resultante lo colocó en la abertura de la pipa y acto seguido le dio una chupada larga. Ignacio y Ashipa la imitaron.
Ignacio se sintió poseído, cubierta de sudor su nuca, sintió un leve mareo acompañado de una tensión que incrementaba sus pulsaciones. Su boca quedó adormecida, con un sabor amargo. Luego vislumbró el signo del ala y miró hacia la muralla. Allí, la luz del sol de la mañana iluminaba los pájaros pintados en la piedra. Lo real maravilloso se abría paso ante sus ojos. Un cosquilleo empezó a subir por su tobillo.
El poder es el más fuerte de todos los enemigos.
Comenzaba a ser uno con el aliado.


Martha Jacqueline
Fragmento de la novela en construcción: El Kébir