lunes, 18 de julio de 2016

Pinocho y su circunstancia...





El universo de hoy se desploma. La realidad se ha convertido en un laberinto de senderos; por la izquierda, conocemos el camino; por la derecha, ya no se le conoce más. Vivimos un período dramático en nuestra relación con el mundo y para nuestra visión del mundo.
La gente quiere conservar sus derechos cívicos o ampliar sus derechos sociales, pero, además, quiere defender u obtener sus derechos culturales. Todos tratan de proteger su identidad rescatando la memoria colectiva, identificando valores, creencias, fe religiosa… con una ley y con las costumbres.
Los gobiernos tienen el deber de introducir la heterogeneidad. Se debe fomentar y defender la comunicación entre gente diferente; se deben acortar las distancias sociales y eliminar la segregación social. Se necesita una urgente transformación en nuestra forma de pensar el mundo. Las personas son iguales por derecho y la base del juicio moral es la universalidad siempre y cuando no se desfigure el sentido histórico de los hechos y acontecimientos. Téngase en cuenta que la estructura conceptual en la que el hombre ordena sus impresiones sensibles ha influido en sus relaciones sociales, desarrollando sus poderes adormecidos a la vez que cambia su propia naturaleza cuando actúa sobre el mundo externo modificándolo.
Así, la abeja avergüenza a muchos arquitectos con la construcción de sus celdas, como Pinocho avergüenza a muchos jefes de estado que se creen dotados de vida y no son más que materia inanimada, títeres de las circunstancias. Tal pareciera que han agotado sus recursos para pensar la actualidad en sus aspectos más conflictivos. Parafraseando a Kant diríamos: “Ciertos mandatarios están hechos de una madera harto torcida para que jamás pueda construirse con ellos nada derecho”.
Y es que, para entender a un pueblo, su vida, hay que confundirse primero en su complejidad ilimitada para salir luego a la superficie, triunfantes, con una experiencia en la que se dé el sentido perdido. Es como entrar en la luz, donde se modifica la condición del que contempla.
Porque los pueblos imprimen su huella duradera tan fuerte como difícil de descifrar en el sagrado Libro de la Historia. Lograr comprenderlo sería vislumbrar el espacio máximo de nuestras vidas. Toda la humanidad se vuelca en un gesto pletórico de duración al borde mismo de la muerte. Y los que nos han legado tales efigies actúan mucho más al modo de un ideal que de un concepto.
Tal vez los “Pinochos” de nuestro mundo algún día no muy lejano dejen de ser marionetas al servicio de la mentira y de los intereses mezquinos y logren hacerse más humanos formándose en el recto camino del honor, la verdad y la virtud.
Y de ese homúnculo nazca al fin el niño que con su arrolladora presencia todo lo penetra… por la amplitud y el brío imperecedero de su gesta.   

Esteban D. Fernández

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