viernes, 1 de julio de 2016

Operación "Josephine"...



Apenas podía nadar. La sensación de asfixia se ahogaba en su garganta y la debilidad de su cuerpo tras prolongado ayuno fulminaba la posibilidad de ulteriores esperanzas. Había logrado escapar de aquella isla donde la luz del día, tras las rejas de la cárcel, era un lujo apenas inaccesible.
Breve fue el intervalo de tiempo transcurrido entre su detención y el momento de su traslado a la prisión de Hades, nombre adoptado popularmente debido a la imposibilidad de los reclusos de salir con vida de la oscuridad y matanza que aguardaban dentro de sus infranqueables muros.
Al parecer, era la única mujer detenida en el lugar, donde solo los más temidos por el Estado contaban con aquel privilegio de alojamiento. Estaba allí, acusada de espía, sin la más mínima posibilidad de salvación. El tiempo se agotaba, así que debía trazar un plan para poder escapar; y, aunque la idea fuera un proyecto descabellado, realmente no tenía ya nada que perder y en cambio, mucho para ganar: la vida.
Su astucia había dado al traste con el febril deseo del carcelero. No fueron pocas las veces, luego de salir del cuarto de interrogatorio, que vio la lujuria retratada en los ojos de aquel oficial; así, que no vaciló en invitarlo a que gozara de su cuerpo aquella noche y, convenciéndole de que trajera un porrón de vino para hacer más ardiente la velada, puso en juego su treta. Fue así como el hombre, sucumbiendo ante la embriaguez, quedó completamente turbado de sus facultades y con un sólido golpe en la cabeza, que ella se agenció para propinarle con uno de los tubos del respaldar del camastro de la celda. Hurtándole las llaves del bolsillo del pantalón, abrió la reja y, corriendo por uno de los pasillos laterales, avistó una pequeña ventana que daba al mar y cuyo angosto paso no ofreció resistencia debido a la delgadez y poca altura de su cuerpo. Sin pensarlo siquiera saltó los casi cinco metros que la separaban de la aquella negrura pálidamente iluminada por un cuarto de luna.
Y allí estaba, sumergida en medio de la nada; tratando de devorar con débiles brazadas los metros que la separaban de una orilla que, si bien era escasamente visible, veía pincelada con los matices de la libertad.
La suerte estaba echada. Ahora solo repetía mentalmente: “¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría. Ciertamente huiría lejos…”. Pero su extenuación alcanzaba el punto crítico donde daba lugar a la inconsciencia, justo cuando se estrenaban las primeras luces del amanecer.


Fue acogida por la orilla de una playa casi desértica, y recogida por un grupo de pescadores. Despertó al cabo de varias horas importunada por un haz de luz filtrado por el orificio de la ventana. Luego de incorporarse con dificultad, echó una ojeada alrededor y escuchó voces que venían desde afuera. Por la rendija de la puerta vio un grupo de hombres que conversaban, recostados al tronco de un árbol ya caído. Uno de ellos, luego de consultar el reloj, se dirigió a su encuentro.
    —Pensé que todavía no despertaría —le dijo luego de abrir la puerta y verla parada en la ventana.
    —No crea, todavía estoy muy cansada —respondió y, sentándose en la punta de la cama, preguntó: —¿Dónde estoy?
   —Es un lugar seguro. Aquí estará bien y podrá quedarse el tiempo que exija su recuperación —y haciendo una breve pausa continuó—. Disculpe que sea inoportuno, pero debo hacerle unas preguntas que no puedo posponer.
  —Comprendo, usted dirá.
  —Unos amigos la encontraron a la orilla de la playa totalmente inconsciente… y debido a lo incomunicado del lugar y por supuesto, a la presencia de esas heridas y moretones por casi todo su cuerpo, podría deducir que viene de la prisión de Hades.
  —Pues… no lo sé. Recuerdo que era como una pequeña isla.
   —Exactamente. Ahora bien, lo que me gustaría saber es qué hacía en ese lugar y, sobre todo, cómo pudo escapar; pues, créame, nadie lo ha logrado, al menos, hasta el momento.
   —Logré seducir al carcelero.
   — ¿Así de fácil?
   —Bueno… visto de esa forma…
   — ¿Y su arresto?
   —Fui arrestada bajo el cargo de espía.
   — ¿Lo es? —preguntó y se quedó mirándola fijamente.
   —Por supuesto que no, nada tengo que ver con la política.
   —En los tiempos que vivimos creo que es algo difícil mantenerse al margen —dijo y, haciendo una breve pausa, preguntó: —Entonces, ¿cuáles fueron los basamentos para una acusación tan grave?
   —Un conocido de mi padre, que frecuentaba la casa antes de su muerte, fue detenido unas semanas antes que yo y, al parecer, las torturas pudieron más que su silencio. Según dijeron los oficiales confesó los nombres de todos sus enlaces con la resistencia y le ocuparon algunos documentos clasificados del archivo de la oficina donde trabajaba.
  — ¡Ah! Un delator… ¿Y acaso dijo tu nombre?
  —No. Pero como lo habían estado siguiendo desde hacía meses, nuestra casa aparecía en varias de las fotos que le habían tomado, y yo trabajaba además en la misma oficina…
  —Entonces, aparte de ser un conocido de tu padre, también tenías una relación directa con él.
  —Era mi jefe. Pero yo nada tenía que ver con sus asuntos. Nuestro único vínculo fue que me consiguió el empleo.
  — ¿Nunca notaste nada extraño?
  —Nunca sospeché nada. Solo me limitaba a hacer mi trabajo.
  — ¿Dónde vives?
  —En Caen.
  —No queda lejos. ¿Cómo te llamas?
  —Josephine.
  —Bien Josephine, mi nombre es Claude. Ahora te dejo para que descanses. Encima de la mesa hay pan y leche por si tienes hambre. Puedes quedarte el tiempo que desees.
  —Gracias —murmuró con una leve sonrisa como muestra de agradecimiento.

Lo vio incorporarse otra vez al grupo. Luego de desayunar volvió a dormirse.
No lo volvió a ver hasta pasada dos semanas. Claude antes de irse le había dejado a uno de los hombres del grupo para lo que necesitara. A su regreso ya Josephine estaba recuperada prácticamente.

  —Me alegro de que ya se sienta mejor —dijo Claude.
  —Sí, al menos ya no me encuentro tan adolorida. Pensé que usted no volvería.
  —Tuve que resolver unos asuntos y de paso ratificar su historia.
  — ¡Ah! Comprendo.
  —Josephine, por ahora será mejor que no vuelva a su casa. Está vigilada y su foto anda circulando por toda la ciudad.
  —No tengo otro lugar adónde ir.
  —No se preocupe. Hoy mismo nos trasladamos a una cabaña a unos cuantos kilómetros.
  — ¿Supo algo de Pierre?
  —El traidor ha sido llevado a una prisión de máxima seguridad con otros cuantos detenidos.
  —Lamento las molestias que le estoy ocasionando.
  —No es ninguna molestia. Ahora, debemos irnos.

Se trasladaron a una cabaña en el campo cuya vecindad se limitaba a unas cuantas casas aisladas de campesinos. Al cabo de tres meses el acercamiento de ambos era cada día más inevitable. Claude viajaba a la ciudad tres o cuatro veces por semana a asuntos de negocios, mientras Josephine vivía una vida tranquila en espera del momento oportuno para regresar sin tener que esconderse. Todos los días, apenas bajaba el sol, iba a bañarse al río.
Una tarde, él regresó antes de lo acostumbrado. Al no encontrarla en la cabaña decidió ir a buscarla. Apenas lo separaban tres metros de la orilla cuando vio a Josephine salir del agua completamente desnuda. Un acto involuntario lo hizo detenerse bajo la sombra de unos arbustos a contemplarla. Claude quedó paralizado. Sus ojos recorrieron cada línea de su cuerpo mientras ella, ignorando que era observada, escurría el agua de sus cabellos rubios y se ponía el vestido lentamente. Un mal paso de Claude la hizo sobresaltarse y mirar en su dirección. Él se sintió descubierto y caminó hacia ella.
   — ¿Hace cuánto estás ahí? —le preguntó nerviosa.
   —Apenas acabo de llegar. Ya está oscureciendo, por eso vine a buscarte —respondió acercándose a ella al tiempo que percibía su aroma fresco, olor a hierba húmeda.

Claude no permitió el más mínimo espacio entre los dos. Quedaron mirándose sin prisa, intercambiando el soplo de alientos entrecortados. No hicieron falta palabras. Hacía tiempo todo estaba dicho. Asiéndola contra sí comenzó a besarla. Ella no opuso resistencia, le respondió con la misma pasión que los hizo amarse entre las luces y sombras de una tarde casi extinguida, una y otra vez.

Regresaron avanzada la noche. Mientras caminaban por un corte de camino divisaron una llama errática que emergía del suelo. Josephine se asustó.
   —Siempre he temido a esas cosas inexplicables —dijo abrazándolo.
   —No temas. Son solo espíritus.
   — ¿Hay muertos por aquí? —preguntó abriendo los ojos.
   —Hay un pequeño cementerio al otro lado —respondió sonriendo.
   —No lo sabía.
   —Solo lo utilizan las personas de por aquí. Pero no te preocupes, todo está bien. Desconocía tu temor hacia los muertos.
   —A los vivos se matan, pero a los muertos… —interrumpió la frase al notar el asombrado rostro de Claude.
   — ¿Has matado alguna vez? —cuestionó atónito.
   —Vamos Claude, fue solo un decir —luego preguntó—: ¿Y de dónde imaginas que son esos espíritus?
   —Siempre he pensado que la muerte es como un sueño. Es el vuelo de almas que no han encontrado el camino de regreso —contestó más tranquilo.
   —O sea, para ti la muerte es el volar infinito de las almas.
   —Exacto.
   — ¿Y cómo sabes que no son malignos esos espíritus?
   —Por el color de su luz.
   —Prefería cambiar la conversación; de todos modos, no podemos devolverles el camino perdido.
   —Sí, es una pena. Sobre todo, cuando se trata del extravío de alguien que amamos.

Dos meses bastaron para que vivieran el romance más hermoso de sus vidas. Pero una mañana Josephine se fue sin decirle una palabra. Solo una nota quedó encima de la almohada.
“Mi cuerpo físico se aleja, pero mi alma permanecerá siempre contigo”.
Claude no entendió nada. ¿Adónde se alejaba? ¿Sería para siempre? ¿Qué había sucedido? No pudo encontrar respuestas a ninguna de sus interrogantes, ni en su mente, ni en la casa de la ciudad donde Josephine nunca regresó. Aquella nota la llevaba siempre consigo y no hubo una mañana que al leerla sintiera que hubiera olvidado a aquella mujer, la más amada de toda su vida.

Al cabo de cuatro meses Claude fue detenido junto con otros diez hombres. Otra vez la delación era la causa principal de los arrestos. Fue conducido a la prisión de Hades. Sabía que se acercaba su final. Una vez allí, su muerte era inevitable.
   —Jacques de La Rose Villon —leyó el oficial sentado frente a él. Tras una pausa continuó: —Máximo líder de la resistencia, regresó clandestinamente al país hace exactamente nueve meses con documentación falsa. ¿Tiene algo que decir a su favor? — le preguntó en tono sarcástico.
Tras unos minutos de silencio prosiguió el oficial.
   —Tengo que reconocer que ha sido una espina difícil de sacar; pero ahora, tenemos pruebas contundentes de su activa participación como miembro y líder de la oposición.
Marcando un número de teléfono dijo:
   — ¿Archivo? ¿Ya llegó el teniente Weiss? Indíquele que se presente inmediatamente y entréguele los documentos correspondientes a “De la Rose” obtenidos hace una hora.
Luego de unos minutos se abrió la puerta.
   —Aquí está la documentación —se oyó una voz.
El oficial poniéndose de pie dijo:
   —Le presento al teniente Michelle Weiss, encargada de nuestro servicio secreto.
El general comenzó a revisar la documentación recién traída, mientras dos, quedaban estupefactos en aquel salón.
   — ¡Claude! —musitó Josephine.
   —Puede proceder al interrogatorio teniente Weiss —dijo el general.
El timbre del teléfono irrumpió inesperadamente.
   —Me solicitan en la central. Enseguida vuelvo. Puede empezar sin mí, teniente —y diciendo esto salió.
   — ¡Eres una nazi! —exclamó Claude con sorpresa y furia a la vez.
   —No sabía… te juro que no sabía que eras tú el líder de la resistencia —dijo la mujer dejándose caer sobre el asiento.
   — ¿Cómo he podido? Ahora entiendo. Todo fue preparado, lo de tu detención, lo de tu huida. ¡Maldita! ¡Cómo no pude darme cuenta! ¡Espía! ¡Mil veces maldita! —le decía coléricamente entre dientes.
   —Claude…
   —Mi nombre para usted es Jacques de La Rose Villon, máximo líder de la resistencia —la interrumpió con resolución.
   — ¡Calla! No confieses, te matarán.
   —Ya basta de juegos teniente y respete el uniforme que lleva. Enfrente al menos las consecuencias de sus actos con dignidad y del bando al que pertenece por elección.
   —Nunca vi tu foto. Lo teníamos todo menos al líder. Hasta tu nombre…
   —Como el suyo, teniente Weiss.
Giró el picaporte y volvió a aparecer el general.
   — ¿Y bien? ¿Confesó el detenido?
   —Estaba esperándolo para que sea testigo de mi declaración —dijo Claude con firmeza.
   — ¡Ah! Pero qué bien, por fin escucho su voz. Empecemos —dijo mientras pulsaba la tecla de grabación.
   —Mi nombre es Jacques de La Rose Villon. Soy el máximo líder de la resistencia. Lucho y lucharé sin arrepentimiento ayer, hoy y todos los días de mi vida por la libertad de mi patria, a favor de ella y en contra de quien quiera arrebatarle el derecho de su independencia. Y aún si lograra aniquilar el yugo que la oprime, me enlistaría como voluntario para combatir las huellas del fascismo, hasta aniquilar a todos y a cada uno de sus miembros…
Josephine escuchaba aquella declaración que estaba siendo grabada. Nada nunca la había detenido. Por seguir sus convicciones había sido capaz de todo, hasta de torturar y matar cuando era necesario. Pero ahora, el miedo de perderlo por segunda vez y para siempre la horrorizaba. Era el juego del destino. Él no podía imaginar cuánto dolor le había causado dejarle. Ella sospechaba de sus sentimientos revolucionarios, pero nunca pensó que fuera el hombre más temido y buscado por su partido. Hasta de ella supo ocultar el débil hilo de su identidad, tal vez para protegerla de sus convicciones políticas o siguiendo su intuición. Ahora, el desprecio de sus ojos la desgarraba inevitablemente. Ambos sabían que ahora su ejecución sería inmediata. Pero Claude no calló. Excepto el nombre de sus contactos confesó toda su participación sin negar ni un hecho y terminó diciendo.
   —… sé que me espera la muerte. Pero también sé que muy pronto mi patria será libre. Mi pueblo jamás perderá el camino hacia su libertad.
   —Un discurso muy heroico Jacques, pero tiene usted toda la razón. Pronto morirá, para ser más exacto, dentro de media hora. Y en cuanto a su pueblo, eso todavía está por verse. Lástima que no estará aquí para ver —afirmó mirando su reloj y dirigiéndose a Josephine le dijo: Teniente, disponga todo para la ejecución.
   —Con su permiso general.
Claude la vio alejarse. No le preocupaba su muerte. Ya estaba muerto. Solo quedaba su cuerpo físico. Sabía que de todos modos sería ejecutado, pero la presencia de Josephine lo fulminó de golpe.
Fue conducido a una celda hasta que llegara el momento de ser fusilado. Ella dispondría su muerte dos veces: primero la de su alma y ahora la de su cuerpo. Y empezó a orar: “Señor, estoy a punto de morir. ¡Dame vida conforme a tu promesa! Estoy ahogado en lágrimas de dolor. ¡Mantenme firme conforme a tu promesa!”
Llegó la hora indicada. Fue conducido al patio de la prisión. Josephine estaba parada al lado del capitán, a un costado del pelotón de fusilamiento. ¡Cuánto la había amado! Aún en esos últimos minutos no comprendía por qué el destino los dispuso en caminos tan diferentes. No pudo odiarla y esto, ponía al límite su impotencia. Incluso, aunque fuera capaz de matarla, la amaría por siempre.
Se oyó la voz indicando el apunte de las armas y, justo cuando se dio la orden de fuego, Josephine corrió hacia él protegiéndolo de las balas. Por un instante quedó abrazada a él y solo alcanzó a decirle:
   —Mi alma estará siempre contigo. Lo siento…

Claude la vio caer al piso. No tuvo tiempo de llorar su pérdida. Una segunda ráfaga se proyectó hacia él y también cayó sobre una superficie ya ensangrentada. Su rostro, justo al frente del de Josephine, divisó sus ojos, ya sin vida. Y pensó: “Señor, me has devuelto la vida conforme a tu promesa. Ahora concédeme que en el camino ya a punto de perderse… las luces de nuestras almas vuelen juntas.” ~


Martha Jacqueline

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