lunes, 11 de julio de 2016

La gruta de los espíritus...





Bajo el cielo rojo, mientras transcurren las horas de la tarde, en las inmediaciones de la peña ubicada a la altura de la aldea de Santo Tomé, Hohuaté llega a lo más angosto del río, allí, donde sopla el viento entre pausas repentinas y las aguas no pueden beberse. Lleva carne salada en la cesta, algunas semillas y dulcísimos frutos; en la bolsa de fibras de bromelia carga un cántaro con miel. Atrás ha dejado el caserío, los vendedores de pieles de serpientes y la noche de los árboles que se extienden a ras del suelo ocupando la dimensión de un gran bosque.
Caminando en silencio, con una impaciencia interior que ya no disimula, apura el paso cuando llega a la arcada vegetal que se extiende a la orilla del camino. Cerca de donde unas aves negras pasan graznando, algunos nativos lo saludan. Llevan bolsas sujetas por cordeles adornados con pezuñas de animales y manojos de plumas de loros. Hohuaté los observa entregados a sus ocupaciones propias. Algunos untan veneno en las puntas de flechas y dardos.
Con el cuerpo algo adolorido por la falta de descanso, vislumbra al fin las rocas negras, ingentes, de flancos verticales que recobran la silueta ancestral de paisajes pasados. Ha llegado a la boca de la cueva. Dentro, en la gruta de los espíritus, donde moran las ánimas de todos los tiempos, lo espera Wenu Kushe. Ligada a su destino, sobre sus piernas ya inseguras, la anciana, con el pelo suelto, entre tejidos diseñados con ojos de búho y placas de cáscara de tortuga, le da la bienvenida. Recostada a una roca que huele a lluvia, a transcurso inconcebiblemente hermoso, le extiende la pipa sagrada. Con conciencia del dolor, sin flaqueza de ánimo, Hohuaté fuma todos los conoceres y poderes que vislumbra a través de la magia engañosa del humo, mientras ella tararea un rezo musicado en señal de ceremonia. De pie ante el altar, cargado de oscuridades, siente como el sonido seco y vibrante de la voz de Wenu Kushe crece. Su susurro se llena de flexiones y cadencias. El aire se colma de señales en torno al fuego encendido. En medio de un lenguaje sombrío, preñado de imágenes indescifrables, se instala un silencio profundísimo que dura menos que un instante.  
—Amma, hemos encontrado la tumba —dice al fin Hohuaté envuelto en un resuello de humo de tabaco.
—Entonces estamos cerca del Porais… dime, ¿lo has visto?
—No Amma… lo que amenaza con destruir nuestra verdad aún queda lejos de nuestro alcance.
Delante de una larga hilera de palos de cedro, adornados con velas y flores de algodón, Wenu Kushe coloca la calabaza con miel.
—Tiene mucho de huida el límite de nuestro recuerdo. Después de la muerte del Avá nadie ha vuelto a fumar el hueso de la neblina.
—Pero los encontraremos Amma… bajo túnicas extranjeras o en nuestra propia piel.
 Wenu Kushe fuerza una sonrisa tranquila.
—Todavía no se siente el temblor de la savia y ya estás aquí. Ven a mi lado.
Hohuaté se acerca a la anciana. Sabe que ella conoce cosas que para él son necesarias y esenciales. Wenu Kushe le desabrocha la camisa y con un puñal de hueso le hace un tajo en forma de cruz en el pecho. Luego lava la herida sangrante y fricciona con un bálsamo cicatrizante de una pasta de pulpa de pindó y saliva.
Ama qella… Ahora caminarás por tu camino sin desandar el mío. Esta marca es para que te proteja hasta de ti mismo.
Y con sus palabras Hohuaté se devuelve al comienzo del viaje.
—Amma… ¿cuánto tiempo nos queda para encontrar el Porais?
—Toda la vida.

Martha Jacqueline
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