viernes, 15 de julio de 2016

La Boa...



Situación: Este es el cuento de una mujer atrapada en un ascensor.  Ella va para el octavo piso. Esta es la historia de sus pensamientos mientras va en ascenso. Vemos a su mente seguir los caminos más insospechados.


 En ascenso…

Al octavo, digo. Ponle el cuño: closed space + nervous wreck= claustrophobia. Esto está hasta el tope. ¡Vamos! Un pasito más. Me zumban los oídos. ¿Y ese humo? ¡Lo que faltaba! Alguien está fumando. «El del cigarrito», dice la ascensorista. «Apágalo y lee el cartelito: prohibido fumar». Echo un vistazo. No es “él” sino “ella”, la pecosa de los audífonos. Al parecer no oye nada. Está a un costado. Tiene un arete en la nariz y otro en el ombligo. Es pelirroja. Tiene el pelo con mechas anaranjadas y carmelitas; las puntas, le caen alborotadas sobre los hombros, desnudos y tatuados. El joven junto a ella le retira un audífono. Le dice algo en el oído. Sus labios rozan el lóbulo de su oreja por más de tres segundos. Le salpica saliva. Ella sonríe. Restriega el cigarro contra la suela de su sandalia; luego lo apaga y lo tira en una esquina, indiferente. Tiras de cueros se enroscan hasta sus rodillas. Él se apretuja contra ella; se dispara su ipod. «Es la gente», se justifica. Ella no se mueve; permanece imperturbable. Él le acaricia con un dedo el aro de su ombligo. « ¿Duele?», pregunta. Para nada. « ¿Es cortante?, trata de indagar. Sí, pero se siente o.k. Es la moda del piercing. Tengo otro en la punta de la lengua, ¿quieres ver? La saca y se la enseña. Está húmeda y rosada, libre de manchas. Una argolla plateada la atraviesa. Él se inclina atrevido. Huele su aliento. «Hollywood mentolado», comenta. Se nota que le gusta. ¿Para qué piso vas?, ella pregunta. «Para el quinto», le responde. También tengo tatuajes, por todo el cuerpo. ¿Sabes? Podría enseñarte. Desabotona los primeros botones de su blusa. No lleva sostén. Sus pechos son grandes pero firmes. Con el dedo índice señala una figura. Es una calavera, ¿lo ves? No hay sangre ni piel, solo huesos. Es mi preferida; lo que nunca se ve también es importante. Él calla. Solo la mira. Ella sonríe. «Me quedo en éste», le dice. La puerta se abre. Ella sale, y él también salta detrás. Una amiga la espera. Se besan. Sin mirar atrás se marchan cogidas de las manos. Él se detiene. Hace un intento por volver, pero no lo hace. Lo veo dirigirse a las escaleras, indudablemente estupefacto.

Segundo piso…

¡Basta! No empieces a sudar. ¡Diablos! Ya se empapó la blusa. Ahí vienen tres más. Mejor me paso para esta esquina. Right here. Y ése, ¿qué rayos mira? Creo que está nervioso. Seguimos en ascenso. Si él supiera; creo que voy a vomitar. Ahí me viene un buche. ¡Uf! ¡Qué asco! Hirviente y con grumos. Options= cero. Vuélvetelo a tragar. Así… bien despacito. Don’t worry. Nadie te está mirando. Un poco más de saliva, un poco más. Ni se te ocurra abrir la boca. Respira profundo, relax. Huele a grajo. ¡Esto está que arde! Ya está pasando; no el olor, el malestar. El calor densifica los aromas, cataliza las mezclas y las añeja. Uno las cata, y se somete. ¡Mira que te dije que no desayunaras! Pero qué diablos; si solo fue un yogurt. Seguro el buche era amarillo y subió revuelto con ácidos del estómago… tal vez ya putrefacto. ¡Basta! Piensa ya en otra cosa. Inclínate hacia el otro lado. Equilibrio interior. ¡Qué equilibrio ni que nada! Aquí no hay aire libre. Estamos fermentando. Tienes que tratar de controlarte. ¿Controlarme? Si estamos como piojos en costura. Human in culture broth. Debo secarme un poco. ¿Dónde está mi pañuelo? ¡Ahora sí! Se me rompió el zipper. Monedero, rímel, make up, agenda… no lo puedo creer, lo boté. Este hombre está tratando de tocarme, over and over again. Hace rato está extraño. Se me encima. Tal parece que tiene una idea fija. ¡Si vuelve a rozarme el muslo…! Tacto, mucho tacto con él. Mira que tiene aliento etílico. ¡Lo que me faltaba! Un borracho y con la cara picada. Por cierto, ¡qué cicatriz tan mal cosida! Disculpe. No se preocupe. Tremendo pisotón. Mejor me aplasto un poco más porque si no voy a perder los pies. Aquí también puedo evitarlo un poco. Lleva una navaja enorme en el cinturón. Parece que ya se baja en el tercero. ¡Qué calor! Se me está secando la garganta. Esto me asfixia. Ahí viene la tos. ¡Qué cosa! ¡Le escupí la camisa! El pobre viejo ni se ha dado cuenta. Está empapado en sudor. La saliva se ha camuflado. Se ha vaporizado entre lo húmedo. A fin de cuentas, fue sin querer. ¿Será posible que nadie se baje? Ya llega el tercer piso. Bueno, se han bajado dos; algo es algo. Y entre ellos, él. ¡Uf! ¡Qué alivio!

Tercer Piso…

Ascensorista a full time. Horas buttocks. No sé cómo puede. El asiento no es cómodo; muy alto para su tamaño. Le cuelgan los pies. Y tiene la panty media rota. Ese calvo no le quita los ojos. Tiene la coronilla más limpia que una patena. ¡Ah! ¡Claro! Se le ve el hilo dental. A juzgar por cómo lo blanco está amarillento, podría decirse que es bastante viejo. Está zurcido en una esquina. ¿Con hilo rojo? ¡Qué clase de chapucera! El hilo pende de un hilo. Ni se ha dado cuenta. Un giro brusco y lo pierde. El calvo lo está rozando con el codo. Juega al engañabobos. Él piensa que nadie lo ve haciéndolo. ¡Será descarado! La boa le baila. Parece como si no tuviera calzoncillos, ¿o sí? No logro ver bien; pero… atléticos no son. De lado parece una garza. Tiene el cuello en forma de S y la nariz afilada. Hasta le brilla. Desde cierto ángulo, podría parecer un garfio. Tiene como un tic nervioso. No deja de tocarse la corbata. Tanto carraspeo va a desbaratarle la garganta. Ella está ajena a todo. Está expuesta y no lo sabe. El depredador ya la ha marcado: por la espalda. La saya está muy baja. Es casi pélvica. El calvo sigue rozándola con el codo. Sus brazos son lampiños. Tiene el pelón en su punto. Lleva camisa de mangas cortas. Entre el tumulto nadie se da cuenta. Solo yo percibo, casualmente. Ella es nalguda, en extremo. Nalgas en perspectiva de torre Eiffel arqueada. Parece como suspendida en el aire. Y él la guarda; le guarda sus espaldas. Admira el glamour de su trasero. Se ha puesto gafas oscuras. De cierta forma, quiere evitar que lo descubran. Pero a mí no me engaña. Ella ignora. Su mente está en todos y no en uno. Parece preocupada. Solo mira los números que van iluminándose en ascenso. Por instantes, descascara el esmalte de sus uñas. Un esmalte azul con franjas negras que cae desgranado encima de sus muslos. Y él la vive, en todos sus detalles; inconscientemente transparente.

Cuarto Piso…

Ya falta menos. ¡Un luchador de sumo! Ahora sí nos jodimos. NO CA-BE. El gordo, ¿no se dan cuenta que no cabe? ¡Qué clase de panza! Debe comer chanko nabe y practicar el haragei. Seguro la tiene chiquitica: tiny, tiny… ¿será? Apriétense un poquito. La ascensorista se paró. Casi tuvo que saltar. ¿Son ideas o el hueco de la panty media creció? Seguro está podrida. Tiene algo sucio en la pierna. No… parece una libélula. ¿Será un tattoo o una calcomanía? El sex appeal de lo inorgánico, dijo algún filósofo. La era de las marcas. ¡Cómo tiene pelos! Mira como se le enroscan. Recuerdan los cueros de la pelirroja. ¡Qué barbaridad! Ese cerquillo debería estar más arriba. Bueno, a decir verdad, con ese cacho de saya, sería como poner una pica en Flandes. Tendría que depilarse completa. Pero a muchos hombres les gustan los pelos, sin más afeites. Está faltando el aire. Aquí lo que hay, es un olor a chotuno de los mil demonios. Todos estamos encharcados. Parece una esterilización in vitro. Y el calvo, ¿qué hace? Está moviendo la pierna derecha. ¿Tendrá calambre? No… no… no. Aquí hay gato encerrado. Veo algo en el suelo. Está intentando halarlo con la punta del pie. Ahora disimula. Nada en su actuar es concreto. Vuelve a mirar al techo. ¡Hay un espejo! No lo había visto. El techo es un espejo. Puedo verlos a todos, y todos a mí. Lo que hala es medio blanco. La gente lo pisa, y ahora negrea. Se quedó en el talón del gordo. ¡A ver si puedes! Te reto. Pitiminí no se mueve.

Quinto piso…

Se baja el flaco. Solo se reordena el espacio brevemente. El calvo sigue halando aquello con la punta del pie. Casi lo logra. Horita y lo ayudo. Pitiminí no se mueve. Ahora sí lo enganchó. Lo puso bajo su zapato. No puede doblarse para recogerlo. Espacio apretado. A fuerza de codos, se acuclilla despacio y mira hacia arriba. Observa bajo su saya. Lanza un permiso casi imperceptible. Nadie lo escucha. Solo yo lo he visto mover los labios; o al menos, eso creí. Echa otra ojeada. Se incorpora con dificultad y con el rostro totalmente descompuesto. Sonríe. Su sonrisa es casi inapreciable. Pero puedo notarla. ¡Ah! Lo blanco fue un señuelo para mirar, he supuesto. Huele el trapo. Suspira hondo. Aquello parece un pañuelo. ¿Será el mío? Lo mete en su bolsillo; el derecho, del pantalón de hilo. Algo cuelga. Aparte de la boa que tira de la tela. ¡Qué cosa! La boa está tirando más fuerte de la tela. Tal parece que se sintiera incómoda. Quiere salir, estirarse. El calvo ya no puede controlarla; o tal vez, no quiere. She is on-line. Va por cuenta propia. La veo de lado y ahora de frente. Ha crecido mucho. Hay algo muy duro en ella… grotesco. Miro al espejo. ¡Él me está mirando! Por eso se viró hacia mí. Me ha descubierto espiándolo. Y ahora, ¿qué rayos hago? Se quita las gafas. Las está poniendo en su bolsillo. Le ha dado la espalda a la ascensorista y no deja de mirarme. Vuelvo a mirar la boa inconscientemente, de reojo. En contra de mi voluntad la distingo. Él sonríe. Esta vez su sonrisa es amplia, por no decir, desenfrenada. Trato de voltearme, pero no puedo. Siento la cara encendida de vergüenza. Mientras, él sigue buscándome con la mirada. Saca el trapo del bolsillo. Se lo restriega por la mandíbula. La tiene ancha; diría que es algo cuadrada. Vuelve a olerlo. Esta vez cierra los ojos y se deshace con él del sudor de su frente.

Sexto Piso…

Bajan dos más. La ascensorista vuelve a su banqueta. Se inclina. No veo el hilo, parece que lo acomodó. En su lugar el comienzo de una raya: oscura; vellos negros mojados. Parten, de la parte baja de la espalda. Casi por instinto, miro al calvo. Ya no sonríe. Me mira extraño. Descubro una mueca. Suda mucho. La boa hala y tira indistintamente. Aprieta el trapo. El aire sigue enrarecido. No somos anaerobios. ¡No mires más la boa! Él sabe que la estás mirando, y lo disfruta. Cambia la vista. ¡Lo que me faltaba! Ahora sí que se acabó de romper la bolsa. Se me cayó el monedero. ¿Cómo me agacho? Si no lo recupero justo en el acto, pierdo legal. Písalo, así. No dejes de sostenerlo con el pie.


Séptimo piso…

Seguro alguien sale. Ya abrió. Aprovecha, mira que se bajó Pitiminí. ¡Ya lo tengo! No lo puedo creer; me quedé trabada. ¿Será posible que todos vayan para el mismo piso? Alguien se ha parado frente a mí. ¡Permiso! Si mal no recuerdo, son los zapatos del calvo: anatomy gel, de puro cuero brasileño. Por como viste, parece que el calvo tiene pasta gansa. Pero están como salpicados de tierra colorada. ¡Ahora sí! Ya casi me incorporo. ¡Es la boa! Casi puedo olerla. Estamos frente a frente. Parece un anáglifo. ¡Es inconcebible! ¡Pig! Te pillé in fraganti, ¿o no? ¡Claro! Lo has hecho a propósito. Sabías que te miraba. ¡Pervertido! ¿Cómo puedes ser tan desvergonzado? Pero la tela te delata. No tratas de ocultarla. Es suave y fina, casi transparente, y está húmeda. ¡Ah! Te salvó el portafolio. Pero quedará la mancha, dilatada; derramada en tu frente.

Octavo piso…

Ahora sales. El trapo cuelga de nuevo en tu bolsillo. Nunca te das cuenta que una parte cuelga. No parece un pañuelo; al menos, no el mío. Está sucio. Tiene como un zurcido… ¡rojo! No lo puedo creer. Ella lo perdió, y tú lo recogiste. Ni se ha dado cuenta. Bajo el cacho está… ¡in púribus! Como lo disfrutaste ¿eh? Ya cierra la puerta. Te veo por última vez. Sonríes desde afuera. Te capto la intención. Encima de todo, me piensas cómplice. Paso de piso.


Beatrice Alexandre