viernes, 17 de junio de 2016

Test 99...


Reserva subterránea...



“Ya estoy adentro”, pensó André Sokolnikov mientras tomaba asiento frente al hombre que en el patio doméstico apodaban “El general”.  La organización había disimulado su actividad durante años y era éste uno de los mayores centros clandestinos del país. A diez metros por debajo del nivel de la calle, la reserva, con el tiempo, se había extendido unas quince cuadras en el mismo corazón de la ciudad. Sus paredes de ladrillo rojo y piedra rezumaban una terrible humedad lo que daba al ambiente un olor a aguas de alcantarillas. El chasquido de una reja metálica al abrirse lo sacó de sus cavilaciones. Un segundo hombre que emergió de las sombras se unió a la reunión.
―Señor Klaus ―dijo el general― le presento a nuestro mensajero, Bakaiev, que además, es mi hombre de confianza.
―Un placer conocerle ―dijo André al tiempo que le extendía la mano en señal de saludo― supongo que usted será quien me informe de todos los preparativos.
―No se equivoca ―dijo el general― pero antes permítame ofrecerle una vista panorámica de nuestras instalaciones. En condiciones normales, de menos apremio, hubiéramos hecho acto de presencia, pero déjeme mostrarle desde aquí nuestro juguete preferido: “La caja negra”. La llamamos así en honor al misterio que rige nuestro nivel de entrega.
André se quedó mirando al vacío. Un holograma se abría paso entre líneas de un verde fosforescente sobre fondo negro. Del cuerpo principal surgían otros más pequeños conectados entre sí por lo que llamaban “el puente”.
―Como verá esta es nuestra posición actual ―dijo indicando con un cigarrillo que hacía las veces de puntero el círculo rojo que parpadeaba de forma intermitente―. Desde aquí controlamos el resto de los circuitos. Nuestra obra no nació para la oscuridad señor Klaus, algún día verá la luz en toda su dimensión… no me conformo con estos retazos de claridad a los que nos hemos acostumbrado.
―Impresionante ―dijo André mientras miraba la enmarañada tela de araña que se extendía ante sus ojos. Lo invadía una impaciencia que no había sentido en mucho tiempo. Túneles, pasadizos secretos, arcas que servían para dividir anchos carriles, planos de centrales eléctricas, trazas de estaciones de ferrocarriles… todo calculado con una precisión quirúrgica sorprendente.
―No nos hemos dejado nada en el tintero ―dijo el general al tiempo que encendía otro cigarrillo― somos culpables de esta belleza, nosotros creamos esta perfección.
―La caja ―murmuró André repasando mentalmente lo que se ofrecía ante sus ojos. Era evidente porqué las planificaciones de atentados llevados a cabo por la organización quedaban tan bien fundados―. ¿Desde cuándo…?
La pregunta de André quedó suspendida en el aire ante la sonrisa del general.
―Desde que nacimos señor Klaus, desde que vinimos al mundo ―dijo Bakaiev con cierto aire de satisfacción. Luego, dijo por lo bajo―: ¿Responde eso a su pregunta?
―Totalmente Bakaiev, totalmente.



Martha Jacqueline

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