lunes, 27 de junio de 2016

El silencio de los corderos...




Las coronas de los reyes 
descansan sobre los féretros de los trabajadores.

                                                                                     José Martí

¿Adónde van los sin tierras?, me pregunto. Tantos años después es que comprendo que nos vendieron el suelo mientras luchábamos por el espejismo de la libertad, y ni nos dimos cuenta. Ya nada es nuestro, nada nos pertenece.
Nos llevan y nos traen… porque hace mucho también perdimos el paso propio. Y es que sin senda optamos por gatear y ahora, simplemente, olvidamos cómo levantarnos.
Como bandera hemos enarbolado un gran silencio. Una pandemia afónica hoy nos azota. ¿Y quién nos cura? ¡Si los dictámenes no diagnostican a nadie enfermo! Los sanos… ¿adónde fueron? De esos… ya nadie sabe, un buen día desaparecieron y no se supo más nunca de ellos. Ay, valientes, sus voces irrumpieron como relámpagos en la oscuridad de nuestras noches. En pago, los apedreamos con nuestras falsas indiferencias. Héroes de barrios que se negaron a ser corderos y terminaron acuchillados en los banquetes de grandes mesas.
¿Adónde fue a parar aquella sociedad que un día dijo ¡Basta! y echara andar? Aquella por la que sentíamos el gran orgullo de ser cubanos. Las voces de hoy ya no son ni la sombra de las de antes. Las de entonces eran un grito propio… hoy solo escuchamos a aquellos que ya no saben ni quiénes somos. Hoy nadie lucha… hoy pagamos porque el vecino lo pierda todo. ¿En qué momento lo heroico de nuestra gesta se fue a la mierda? ¡Solo dios sabe! Tal vez en el momento en que nuestras universitarias tuvieron que cambiar aulas por stilettos y sayas cortas… y los bolsillos de extraños adinerados hundieron a nuestros hombres en el desespero de la impotencia.
A cada hombre hay que juzgarlo por el momento histórico que le tocó vivir, dijo Fidel. Lo creo cierto. Pero… ¡diablos! La dignidad también se echa mucho de menos. El ultraje de la moral derrota tanto como las armas, hay que entenderlo. Sin dignidad no hay argumentos para combatir a quien ataca. Lloremos pues…
Lloremos sobre la tumba donde ahora yace un pueblo… en fin, lloremos sobre nosotros mismos. Despreciemos las marionetas que ahora habitan sobre sus restos… en fin, despreciémonos a nosotros mismos.
¡Lloremos por el heroico pueblo que hoy se revuelca en su tumba!



MARIONETAS

Desde los ojos estamos siempre actuando
de nuestras pieles salen hilos por doquier…
de nuestra risa: el llanto.

Nuestros pasos van marcados por manos misteriosas
y voces que nos guían, sin tregua, a toda hora.
¡Ay! Qué pena ver los pies sin un camino propio,
luchando por los sueños y los afanes de otros.

Qué pobres si nos pensamos libres
porque no vemos barras de hierros que nos cerquen.
No podemos comprender que esas hebras son rejas
más fuertes que el acero, invisible a los ojos.
Nuestra prisión es la cárcel más cruel que haya existido
pues nuestras vidas irán siempre manejadas por hilos.
Qué pena que ostentemos de una libertad tan lejana y ausente.

¡Lástima de los oídos sordos!
¡Lástima de la voluntad sometida!
¡Lástima de nuestra risa incrédula!
¡Qué lástima de nosotros… marionetas!

Martha Jacqueline