viernes, 27 de mayo de 2016

Test 99



Prisión de Cunhal 

Enrique Trento llegó a la prisión de Cunhal antes de lo previsto. Acompañado por un guardia de seguridad, atravesó por el único pasillo no vigilado por cámaras que colindaba con la parte posterior de la enfermería. Entre esos laberintos, sobre lo estrecho de las calles que comunicaban las construcciones múltiples y espaciadas, cortando el sentido habitual del pavimento gris, se dibujaban mándalas: setenta y dos en total, entretejidos como los hilos de una red. El blanco deslumbrante de las paredes le daba una apariencia fría a las instalaciones, un aire no habitual, como para encandilar la mirada entendida de quien se esforzara en sopesar cada línea buscándole el sentido propio y revelador. Entre la Hélice del Origen que era como un símbolo del flujo de energía y el Nudo Eterno más propio de un signo de la infinitud, se abría la puerta del Mandala de la Creación con el perpetuo círculo de la existencia. Mientras iba analizando mentalmente lo que se ofrecía a su mirada, trataba de poner cierto orden a las circunstancias que había dejado atrás desde su salida de la capital a las ocho de la mañana. Las agudas observaciones del caso estudiado lo habían impulsado por fin a responder con su presencia ante aquella llamada. Estaba claro que quien lo esperaba se había esforzado por darle al encuentro una marcada importancia.
Trento se quedó observando al hombre de un metro ochenta que estaba amarrado en la cama con tiras de cuero gastado. Respiraba con dificultad y sus ojos, de un azul intenso, parecían mirar al techo sin verlo. Procurando no hacer ruido, Trento acercó una silla a la cabecera.
—Hola Tudyk… me han dicho que quería verme. Mire… le he traído unas revistas de ingeniería inversa. Sé que le gustan —dijo de un modo amable mirando el delgado rostro de tez dorada.
Trento aguardó alguna reacción. El enfermo permaneció en silencio.
—¿Qué quiere de mí? Créame Tudyk… no tengo mucho tiempo.
Tudyk sacudió la cabeza como alejando algún mal pensamiento. Luego, como hipnotizado, se quedó mirando fijamente a su visitante. Trento miró dentro del abismo de sus ojos y lo recorrió un escalofrío.
—¿Cree en las casualidades doctor?
—No —respondió pensativamente —. Aunque, a decir verdad, existen la ocurrencia de accidentes, las reglas del azar y algún que otro suceso imprevisto.
—Usted no ve, sus ojos son ciegos —dijo en tono de compasión—. No entiende las puertas que se abren.
—Leí su historial… ha tenido una brillante carrera científica.
Tudyk sonrió.
—Eso no tiene importancia. Escúcheme solo cuando deje de oírme.
—No lo entiendo.
—Hay sucesos que ponen en movimiento potencias, Sr. Trento. La arquitectura del futuro es muy compleja. Existe un orden, si éste se interrumpe queda resquebrajada la misma.
Sobrecogido por el tono de sus palabras, pausadas, directas, dichas con una autoridad apenas afirmada pero tan seguro de sí mismo, recordó, sin dejar de observar sus reacciones, los constantes vacíos de su ficha. Informaciones clasificadas a las que no tuvo acceso. Por un momento detuvo su vista en un punto cualquiera por encima de su pelo rubio, casi blanco y lamentó la terrible enfermedad mental que había reducido a un científico de su condición a un estado tan lamentable.
Luego, con voz grave, dijo por lo bajo:
—Dada su actual situación no entiendo exactamente lo que espera que yo haga.
—Cuando llegue el momento… manténgase tan lejos como pueda.
—No sé por qué se empeña en buscar soluciones fantasmas para problemas que no existen —dijo Trento con impaciencia levantándose de la silla y yendo hacia la puerta—. Cuando diga algo sustancial quizás podré respaldarlo.
—Sé que tiene preguntas, pronto tendrá respuestas.
Enrique Trento observó su cara deteriorada por los estragos del cansancio. No sabía en qué fundar sus dudas, pero sabía que tampoco debía pasar por alto aquella advertencia.
—Adiós doctor Trento, pronto tendrá una excusa para verme de nuevo.

Martha Jacqueline