viernes, 27 de mayo de 2016

La piedra del altar...



 

De espaldas al cadáver, la mujer, entre cantos y recitativos, amasaba la harina en busca del pan sacramental que el niño de los años futuros de nuevo encontraría, aunque ciertos intereses lo hubiesen reducido, ya hombre, al silencio. Toda holgada de ropa, con el rostro pálido, separado de la belleza de la juventud y de las diligencias del descanso, había retomado las jornadas que le reclamaban, perdido el rastro de la oración en la noche de los blancos, las habilidades que más estimaban aquellos que a través de todas las edades eran socorridos de las grandes penurias que asolaban las puertas de las casas.
El caserío, levantado sobre la tierra roja, había visto nacer a los cerros hermanados en el tiempo sin tiempo. El vuelo de los cóndores representados en las borras del café, en el temple de las cenizas, en las flores marchitas que antes hermoseaban los campos de sembrar colgados de los cuadros, se rompía de a poco en las imágenes de un sueño colectivo entrecortado por un amanecer que nunca habría de llegar.
Cuesta arriba, hacia la encrucijada del Pazco, se presentía el bullicio del retorno de los viejos pescadores; pero por más que enfilaran hacia el mar levantándose de los rincones más oscuros a las horas tempranas, dejando las puertas de latas claveteadas para prevenir desgracias, tocando el cajón de merecer con ímpetu y dulzura, era bien evidente que volvían, muy a pesar de ellos, con las manos vacías, y los antiguos cumplidos eran como un viento frío desde las evocaciones que de tan lejanas ya no se podían recordar.
Algunos conocían ese lenguaje: el lenguaje de las horas en que interceden los bailes que emergen del retumbe de la madera desgastada, de los que arrastran los pies por puro gusto o de cansancio, de quienes saben las desavenencias del puerto y sueñan entre las peñas costeras con lo que no turbe el ánimo ni haga decaer las fuerzas. El lenguaje de lo que deja de oírse cuando algún cantor muere de música y de lástima entre los humos de los ajíes desecados al fuego.
Wenu Kushe, la anciana, regresaba de sus ensoñaciones como besando las aguas que apagaban la leña de los fogones. A ratos se distraía como aprendiendo el alfabeto de los bárbaros, se estremecía, con gesto impaciente sus dedos temblorosos anunciaban la aureola de un desastre; sin más riesgo que un aluvión de sombras en la antesala de la espera, esa espera que hace del paisaje un puente entre lo que se conoce y lo que nunca se ha visto. El espíritu del monte le hacía querer esa suerte de acierto que solo ella veía en las orillas inexistentes del camino, donde afirmaba vivían las voces de la energía creadora del sol y de la luna. Pero no se trataba de fertilizar los árboles para que las hembras pudieran dar sus frutos, ni de liberar la pasión contenida para procurarse la lluvia, sino de crear lo que no era todavía: ese ver observando a través de la piedra del altar a Tupayachi, en cuyos ojos se asomaban los cinco siglos de vivir bajo lo marrón del niño quechua.


Martha Jacqueline

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