viernes, 9 de mayo de 2014

Estrella



Tal vez nada me diga este saberte a modo de señal.
No hay descanso ni tiempo,
sí trenes que se marchan y posesiones que no vuelven.

Hay aguas comunes que incitan a morir,
una se mira en ellas y hasta se sirve del reflejo.
Nada calma la sed,
esta sed dolorosa como una muerte inmóvil.

Una se bebe y cae,
                     trata de huir y cae,
irremediablemente.

Nos hemos despedido tanto,
que ya no sé qué hacer con esta sostenida eternidad,
con este irse desde siempre.
Mentir olvido no va a disimularnos la tristeza,
ni va a ganarnos la esperanza
de al fin lograr un no definitivo conciliable.
Burlar la suerte tampoco nos perderá de los caminos
ni embaucará los sortilegios
del desdecir de esta estrella desafiante.

¿Qué más por intentar desvío al rumbo inevitable que revierte?
¿En qué escombro del sueño se remonta el delirio que anula,
la voz que fluye rota por los entresijos sedientos de la sangre?

La hora baja lenta, tristísima,
como una canción que se hace ahogo al escuchar,
lucida de futuro nunca.
Demasiado sería pretender algún sosiego
ante el innominado talismán terco de oficio,
contra los signos vuelto.

Si se pudiera ayer saltar un hoy no acontecido
quizá no habría sombra ni mancha floreciendo
en el azogue de este cristal invicto
contenido en el marco eficaz de la memoria.
Habría que palpar la incertidumbre de lo cierto
truncar de golpe la nervadura de los miedos
de aquellos, los que fuimos siendo.

Y, sin embargo, nada calma la sed.

De pura promisión un imposible rezo
se hará sitio en el labio blandiendo sus motivos.
Y ya nada será siquiera todavía.
No te hallaré en mis versos ni seré solo tuya,
no besaré tu boca ni me sabrás quizás…
después de entonces, nunca.
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