martes, 18 de febrero de 2014

La cabaña



(Fragmento)

Acostado sobre una estera de esparto, con una sensación de agotamiento, Emiliano se quedó mirando la ventana entreabierta donde la india de pecho desnudo lo esperaba. De las paredes de hojas de palma colgaban entre las ramas entretejidas, unos sobre otros, machucadores de cabos rústicos para majar cereales. Los carcajes de flechas envenenadas pendían, como abandonados a una señal de espera, de los respaldares de las mecedoras donde algunos brujos chupaban tabaco y semillas para la embriaguez. El humo de la leña, avivado por los ramajes de los árboles derribados para canoas, se confundía con el olor del alimento cocido sobre las brasas.
        Con sus ropas de mestizo, entre visiones lentas, contempló de soslayo el cuerpo de la hembra que parecía hecha de milagro y oscuridad.  Había dormido feliz, soñando con los ojos abiertos hacia ella, espantando el temor de perderla. Donde antes brillaba la piel del Akawa —el río indomable de los Pucaquiros—, ahora, brillaba en la noche, el perfil engañoso de Quillu. Con sus mejillas pintadas de karawiro, parecía iluminarse mientras caminaba y se afirmaba contra su hombro. Dibuja este momento para mí… pensó mientras acariciaba, buscando el calor del cuerpo de su amante, el largo cabello del que prendía una hebilla adornada con una piedrecilla de obsidiana. Quillu era como las citarácuy y como esas flores que se cierran antes de llover. Había dejado de hablar, volviéndose sobre sí misma, desde que supo que él tenía que marcharse. También era como la ceniza, esa ceniza que se convierte en agua cuando el anhelo la besa. 
       Con los ojos que no se deciden a los suyos, Quillu suspira llorando como la viuda que no es, con hambre de cariño. Pesaba la distancia… llevándose en su relumbre lunas irrecuperables. Pero no era la partida que construye ruinas, ni el despojo de lo que pudo ser de otra manera, sino el destino del amor que vive lo que ella aún espera. No satisfecho con lo inevitable, Emiliano trata de buscar en su memoria la palabra salvadora, la que los vuelva inmune a los naufragios del tiempo. En su manera de arrodillarse frente al lenguaje, Emiliano descubre la impotencia. Avergonzado de su propia ignorancia en asuntos de despedidas, pretende una salida amable, pero por primera vez no puede ver más allá de este momento. Entonces calla y se abandona, como recogiendo armonías del aire, a la música y a las delicias de sus cuerpos.

Martha Jacqueline
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