miércoles, 12 de junio de 2013

CAMPO DE LOS MUERTOS

22 años antes…
(Fragmento)

“A mis queridos siete lectores ubicados en algún lugar del mundo bajo la protección de las estrellas que nos cobijan”.

A mi ángel… 
tejedor de misterios,
inspirador de mi ensueño,
de mis palabras y de mi vida.


El primer hombre no fue hombre…
 el primer hombre fue mujer
 (Don Javier)




   El Sumo Sacerdote se arrodilló y besó la tierra pródiga. A unos cuantos pasos de él yacía la tumba abierta, profanada en nombre de un secreto tan antiguo como sus propios miedos. El joven Emiliano, con creciente emoción, ardía en deseos de agradecer la visita de aquel que, como olvidado de sí mismo, miraba hacia lo lejos. La impresión del encuentro devolvía cierta afectividad, que era como la consumación de alguna reunión prevista hacía ya mucho tiempo.
   En torno a los dos hombres el aire seco levantaba, por momentos, columnas giratorias de polvo y hojas. Las aguas no habían caído aquella estación, y el río próximo que se extendía al pie de la ladera, empobrecido en su cauce, serpenteaba hasta desaparecer por la curva del lecho pedregoso que restaba a su fuerza aquel estruendo tan propio de la corriente en épocas de crecida. Desde el claro del boscaje más próximo, donde la hierba escasa dejaba ver el tronco de los árboles derribados por la furia de la tormenta última, hasta el humo distante del pueblo inmediato, no se veían sino estatuas derribadas por la inclemencia del paso de los hombres, lo invicto de las plantas trepadas al borde de los sepulcros que identificaban algunos con el alma de los ausentes, unos cuantos instrumentos de cavar oxidados, restos de mármoles y colillas.
   Todavía inmóvil, como quien no quiere romper el silencio, el viejo chamán se incorporó lentamente. Sabía que no había vuelta atrás. Las reliquias, a las que siempre había imaginado fuera de la realidad como algo distante y ajeno, tomaban  una particular importancia, ahora que el magnetismo de ciertas potencias ocultas con las que se preparaban objetos y rituales, trascendía el acto de su preservación y vigilancia.
   Distraído de su propia contemplación dirigió una mirada hacia el discípulo, sentía afecto por él. Admiraba el desempeño de sus manos blancas, los equilibrados movimientos en el cuerpo alto y vigoroso; y hasta intuyó que en alguna parte de su hermoso perfil podía ceñirse una expresión, tal vez, voluntariosa. Aprobaba, esbozando una sonrisa de una ansiedad manifiesta, aquel ir y venir desde la cripta violada en el subsuelo, hasta la piedra azulina y plana donde iba colocando, con sumo cuidado, los bienes del hallazgo.
     —Ya han muerto todos, los de ahora no saben. Si te he elegido es porque eres el más apropiado, por no decir, el mejor.
   Emiliano se detuvo. La voz baja del Chamán parecía un susurro. Su rostro alargado, con cierto orgullo melancólico, parecía aclararse con el brillo de sus ojos marrones. Cuando hablaba, su espíritu parecía calmo, satisfecho. En ocasiones, las líneas de su frente, demasiado pronunciadas para su edad, recreaban la ilusión de un pensamiento incierto, como si sopesaran el rastro de una idea que transcurre sin que se le perciba.
   —Hace semanas desistieron de la búsqueda —dijo Emiliano al tiempo que secaba con el antebrazo el sudor de su frente—. Rompieron unas urnas pero no hallaron más que tierra.
    Tampoco engañaban, a simple vista, bajo el rastro de una tenacidad vigente, las pisadas que se extendían por los caminos de hojas apretadas que ya olvidaron los hombres.
   —Con el tiempo aprenderás a andar solo. Ahora, separa las joyas de hueso de las tablillas grabadas y las puntas de flechas.
   —¿Pondrá a alguien más a su servicio? —preguntó Emiliano con un gesto de humildad.
   El Sacerdote sonrió. Poco lograba sobrevivir a la sombra del Punguyo; y, sin embargo, bajó los ojos ante la grandeza de los antecesores que hubieran favorecido con sus dones a la visión de aquel que, aun tambaleándose sobre sus revelaciones inseguras, era absolutamente dueño de un tiempo que ya le era conocido. Alguna confesión de siglos le haría abrazar todas las bondades y poderes que concedían vidas fecundas y muertes pródigas, allí, donde empezaban todos los caminos de quienes van a la vejez o al dormir.
    — ¿Lo has visto Pucaquiro? Dime en qué forma —cuestionó al fin con la mirada iluminada.
   —Viene de atrás, desde antes del comienzo… poniendo en movimiento potencias sin percibir lo que habita en el aire… no sabe lo que ha sido —afirmó entrecerrando los ojos y dando un segundo sorbo al brebaje contenido en el Q’ero—. Toma nombre en el río, tiene heridas cerradas y ya sabe cazar.
  —Contra mi voluntad también lo vi, viniendo dos veces hacia nosotros; el mismo de antes, pero más adulto.
 —No había visto a nadie así.
   Emiliano permaneció absorto, como escuchándose a sí mismo con expectación. Su rostro reflejaba cierta expresión de júbilo; y, sin embargo, sus ojos claros, observados en lo profundo, insinuaban las fatigas de la jornada, un breve aturdimiento que parecía desembocar en una especie de pregunta.
   —Es un hombre de ciencias que no sabe buscar —concluyó el sacerdote dando testimonio de una gran preocupación.
  — ¿Lo ayudará?
  —Eso depende —condicionó mientras le hacía un tajo vertical a una rama hasta obtener su jugo—. Existen realidades en las que si alguien más interviene se vuelven peligrosas.
 —De qué depende entonces, ¿de su vida acá?
 —No. De que se quede mirando para siempre lo que no debe mirar.

San Miguel, Habana, Junio del 2013