viernes, 16 de junio de 2017

Esperas Insepultas

3ra mención Concurso Internacional de Poesía Libre Artesanías Literarias 2009. Argentina-Israel.

"Cuando moriré, yo olvidaré pues a mi hijo (…) ¿Quién puede olvidar, quién?… si yo lo enterrara claro yo puedo olvidarme, aunque sea llevando florcita, aunque sea llevando velita, claro yo puedo olvidar, pero cuando no recojo nada, yo pienso: "parece que está preso acá en el cuartel, parece que está sin comer, parece que está sin cama, está en un rincón, cada noche está sufriendo". Así estoy, así pienso, así pienso”. (Testimonio de una madre de hijo desaparecido)

Nadie lo sabrá nunca.
¿Cuántas puertas golpeaste al borde del camino
cuando la noche, en mal presagios grávida,
iba transida de búsqueda y ausencia?
¿Y adónde te llevó el afuera?
Si no a volver vencida –derrotados los ojos-
sobre tus propios pasos.
No hay cuerpo que llorar.
Tampoco brota el llanto cuando escarbas la fe.
¿Quién tañe en el paso del que parte
el signo de la muerte?
Besos líquidos gotean de tus labios
como antes el calostro de tus pechos.
Salvaje la ternura que cala los párpados al viento.
Vuela un pájaro y tu recuerdo vuela:
tirados por doquier yacen los segundos de tu última visión
gimiendo sus endechas,
braceándole el tránsito a esta suerte.

Nadie lo sabrá nunca.
La que dice tenerte apenas va contigo.
Es fuga que esculpió –a corte de uña- el tiempo.
¿Acaso es ella la que azoga de un golpe tus entrañas
para poder hallarse cuando tu cuerpo clausura
las lunas de sus noches?
¿Qué voz se alza por ti?
¿Qué rumores son esos que te tapian en vida
bajo un lecho de sombras,
que ofician el oscuro temblor del desamparo?
No. Tus ídolos te amparan en un ruido mayor.
En lenta procesión migran más allá de las cifras
los ritos de la espera;
y un toque de tambor sutura la herida donde corren
al pie de los desvelos,
tus miserias.
Con ese mismo aliento de atizar el carbón
le das un boca a boca a la esperanza
y sacudes el polvo de tu adentro.

Nadie lo sabrá nunca.
La vigilia echa raíces en tus pies,
mientras tus ojos le miden la altura al horizonte
con la azafea de un recuerdo.
¿Qué tanto permanecer en duda libera de tu pecho
jaurías de temores?
¿Cuánta agua cambiaste al vaso que le guarda
la súplica a tu aliento?
No hay lápida en tus ojos, ni muerto que llorar.
Solo un grito tendido con hilos de silencio,
en la espera insepulta al dorso de tu llanto.
Apenas eso.


Martha Jacqueline